¡Aguante Mamerto! ¡Aguante Cornelio!

Hay nombres y nombres.

Por ejemplo…llamarse Pedro en este país es facilísimo.

O llamarse Carmen.

Es más… si me apurás, llamarse Washington es facilísimo.

O llamarse Jacqueline.

Pero te quiero ver con un nombre pesado, fuerte, distinto.

Marciano, por ejemplo.

No es para cualquiera llamarse Marciano en Uruguay.

Ni en Corea del Norte.

Más vale que te hayan puesto Segismundo, Bush y hasta Trademark.

Y fijate vos… ¡Qué pavada no! Si lo pensás bien, cualquier nombre es igual a otro.

¿Qué cosa hace que este nombre sea más agradable que aquel? ¿Su sonoridad? ¿Su extensión?

Yo me imagino que lo que lo hace más aceptable, es su uso reiterado.

Por lo demás, todos los nombres son combinaciones de letras que dan como resultado una u otra palabra.

Hagamos una pruebita: Repetí tu nombre varias veces.

No… mejor imaginemos que te llamás Pedro.

Veamos: Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro.

Cerrá los ojos y repetilo sin leerlo: Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro Pedro.

Si lo hacés doscientas veces, al terminar vas a decir: ¡Hay qué llamarse Pedro! ¡Es un nombre mezcla de piedra con… flatulencia!

Y sin embargo está bien visto llamarse Pedro.

O llamarse Ana que tiene tres letras, o Maximiliano que tiene once (incluyendo una equis).

Raúl Raúl Raúl Raúl Raúl Raúl Raúl Raúl Raúl, si hasta es difícil de decir.

Y la gente dice: ¿Raúl? ¡Qué lindo nombre!

Pero… ¿¡Marciano?! ¿¡Cómo te vas a llamar Marciano!?

–Dale, mostrame la cédula— te dicen los incrédulos. Es la frase preferida de los desconfiados.

Y vos te tomás el trabajo de echar mano al bolsillo y mostrarle el documento.

–¡No te puedo creeeeeeer! Yo pensé que te decían Marciano (acentuado en “decían”)

Hacé la prueba, repetí ahora: cuchara cuchara cuchara cuchara cuchara cuchara cuchara

¿A qué despistado se le ocurrió ponerle cuchara a la cuchara?

¿No tendría que haberse llamado cuchillo?

Y el cuchillo… ¿No tendría que haberse llamado berenjena?

Convengamos que hace miles de años, algún tipo aburrido en una tarde de lluvia, sin internet ni televisión empezó a ponerle nombre a las cosas.

Después vinimos nosotros y nos parecieron estupendas todas las estupideces que anotó el tipo después del quinto vino.

¿Por qué Mozambique se llama Mozambique y no se llama Corner Corto?

¿Por qué los gladiolos no se llaman Caldito de Gallina?

¿Por qué la celulosa no se llama Toto Da Silveira?

¿Por qué las computadoras no se llaman Pejerreyes y la Plaza Cagancha no se llama La Marcha de la Serpentina?

¿Alguien duda que Enzo sea un buen nombre para jugador de fútbol y que Tabaré sea nombre de presidente?

Ahora.

Porque hace 20 años ese nombre sólo servía para las hojas de la escuela.

Pero… ¡¿Marciano?!

Hasta que no te acostumbres te parecerá increíble.

En la escuela era bravo.

Porque los gurises no perdonan, son crueles.

–¡Leru leru… llegó el marcianito!! ¿Dónde dejaste el plato voladooooor?

Después les tocó el tiempo a los adultos ingeniosos.

–¿Marciano? ¿Te llamás Marciano? (acentuado en “llamás”) A ver… ¡Mostrame las antenitaaaas!

Yo los entiendo. Ellos te hacen un chiste malo por primera vez. A ellos se les acaba de ocurrir y creen que es realmente original. Vos lo escuchás por milésima vez.

Yo los entiendo. Los ves venir. Cuando te preguntan como te llamás, ya podés ir pensando: este nabo me va a decir que pensaba que los marcianos eran verdes.

–¿Marciano te llamás? ¿Yo pensé que los marcianos eran verdes?

¿Sabés cuales son? Son los que si te llamás Vaca de apellido, te preguntan por el toro.

Si te llamás Gallo te piden que los despiertes de mañana, si tu apellido es Delgado te dicen “sin embargo tenés unos kilitos de más” y se ríen a carcajadas de su nuevo chiste que vos escuchás por enésima vez.

–¿Marciano? ¿De que planeta viniste?

¡De Marte nabo a cuerda! ¿De donde va a venir un Marciano? ¿De Venus?

Y están los otros.

Los que al principio se confunden y te dicen Marcelo, Mariano y Marcial.

Cuando le explicás que tu nombre no es Mariano te llaman por el apellido, porque les parece una falta de respeto decir “Marciano”. Con el tiempo se acostumbran y hasta se dan cuenta que vos no podrías haberte llamado Gastón.

–¡¿Vos sos loca?!…¿Cómo le voy a decir Marciano al hombre? ¿Y si se enoja?

A los pocos días se animan y tímidamente te dicen “Marciano”, bajito, entre dientes, mirando el piso y como esperando que pase algo.

A veces para divertirme cuando noto que está sucediendo eso, los miro fijo y carraspeo.

Los miro como diciendo: ¡Cómo se atreve a llamarme así!

Ni que hablar de aquellas personas que por razones laborales te tienen que decir “Señor”.

Dan vueltas y vueltas porque les suena muy raro.

Cuando se ven acorralados por las circunstancias y no tienen más remedio te dicen: “Señor Marciano…” y les suena más o menos como “Señor Payaso” o “Señor Pirulo”.

–Pero… ¿Es tu apellido o tu nombre?

Y ahí arranco con la explicación:

Desde tiempos inmemoriales a los niños los bautizaban con nombres de santos.

Y así como hay San Pablo o San Gabriel, el santoral tiene 16 días que corresponden a San Marciano, producto de otros tantos Marcianos que fueron presbíteros, obispos y mártires.

16 veces en el año es San Marciano.

A ver si lo entendés: este nombre es anterior a Mi Marciano Favorito y a los platos voladores de Fabio Zerpa.

Entonces mi papá –que también se llama así- nació un 26 de octubre, uno de los 16 San Marciano. Su mamá –católica ella- le dio con el santoral por la cabeza.

Yo no.

Yo nací en Florida el 25 de agosto.

Por lo que prefiero ciertamente llamarme Marciano a llamarme “Declaratoria de la Independencia”, que era la otra posibilidad que se me presentaba.

–Todo lo que quieras, pero… mostrame la cédula.

Y allá va una vez más la mano al porta documentos para confirmarle mi identidad.

De adolescente le di un uso un poco más terrestre al nombre.

–¿Cómo te llamás?–me preguntaba mi compañera de baile cuando terminaba su primera pieza la orquesta de mi pueblo.

–Me llamo Marciano y voy a amarte — le contestaba

–¿Lo quéééé?- me decía alguna de apuro

–Que me llamo Marciano y voy a Marte—decía en una violenta marcha atrás cuando veía que el tiro me había salido fallido.

–Ese es tu apellido– me decían .Pero…¿Tu nombre de pila?

–Eveready– le decía y salía a buscar a otra que estuviera dispuesta bailar en vez de andar haciendo censos y encuestas por los recibos bailables.

Por eso entiendo a los Simeón, a los Mamertos, a los Gilbertos y a los Cornelios.

Porque seguramente se han tenido que bancar a centenares de terrícolas que lo único que les interesa es la forma.

Mirá que de eso se trata, de darle mucha importancia a la forma.

Eso es lo que hacen todo el día.

El nombre parece importarle más que lo que hay adentro.

Es como tomar una cerveza porque la botella te resulta linda.

Sin darse cuenta que esto de los nombres es cuestión de modas, de épocas y de lugares.

¿Cuántas Conchas se sienten orgullosas de llamarse así en la madre patria?

¿Andarías alegremente con ese nombre paseando por Sarandí Grande o por La Teja?

¡¡Aaaaah, te quiero ver Concha Perdomo diciendo presente cuando pasan lista en tercero del Dámaso!!

Fijate esto: En Panamá el año pasado el Registro Civil rechazó por extravagantes 683 nombres raros. Entre los nombres rechazados figuraban María Mañanitas, Zenón, Mariquita y por supuesto…Marciano.

Es más…el otro día leí un artículo en un diario peruano titulado “Los dichosos nombres inadecuados”. Y aparece una lista de nombres inadecuados que confeccionó el autor de la nota en Perú. Adivinaste… Marciano está en la lista de nombres “extravagantes, ridículos y risibles”.

La nota la firma Orbegoso Gómez.

¡Andaááá Orbegoso!

Entonces resulta que para los hebreos el nombre de un hombre era la expresión de su personalidad. Y por allí salieron unos cuantos trasnochados (otra vez vino mediante) a hacernos creer que los nombres influyen en la personalidad del tipo.

¡Es al revés! ¡Es exactamente al revés! ¡El nombre no te hace, vos hacés al nombre!

Mirá: Gregorio quiere decir delicado, sutil y refinado. Y dicen que los Gregorios reaccionan con gran sensibilidad al medio. Yo me acuerdo de uno que de sensible lo único que tenía eran las plantas de los pies y la jubilación de pastoreo.

Eso es como pensar que para ser tímido e introvertido alcanza con que seas de virgo.

La última: hace varios años, estaba trabajando en un pueblito de 500 habitantes.

En mi función de telegrafista del ferrocarril aguardaba la llegada de un tren para darle y solicitar vía libre para que continuara su viaje hacia la siguiente estación.

Una hora antes de que pasara el tren llegó un paisano a caballo.

Lo ató a un alambrado y me pidió que le vendiera un pasaje hacia la capital departamental.

Era muy común.

Dejar el caballo, ir hasta la capital en un tren, volver a la tarde en otro y retornar al tambo o a la estancia.

Como buen hombre de campo con tiempos diferentes a los locos de las ciudades, el paisano había llegado una hora antes.

Más las dos horas que traía de atraso el tren, al paisano le sobraban tres horitas para conversar. Así que se me acercó y me preguntó:

— ¿Cuál es su gracia?

Me toqué el bolsillo para saber si tenía la cédula.

–Marciano–le contesté.

Se sentó en el banco del andén a reírse.

— ¡Mire si se va a llamar Marciano! — decía y no paraba de reírse.

–Se lo juro– le contesté.

Y ahí dijo la frase tan insoportable como esperada.

–Muéstreme la cédula.

Y se la mostré.

El paisano se quería morir. Miraba el nombre y me miraba la cara. Otra vez el nombre y otra vez la cara. Parecía que se le iban a saltar los ojos.

–Bueno, no es para tanto — le dije un poco molesto.

–¿Qué no es para tanto?– me contestó sin sacar los ojos de mi cédula — ¡Yo también me llamo Marciano!

–¡Mire si se va a llamar Marciano! Muéstreme la cédula– le dije… y el gaucho me miró feazo.

Marciano Durán
Mayo 2006

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