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No es fácil encontrar una.
No se ven en cualquier lugar ni a cualquier hora.
Y si de casualidad alguien se topa con una de ellas, enseguida se la guarda para él, la esconde y no se lo cuenta a nadie.
Yo nunca vi que dejaran una olvidada en un banco de la plaza o bajo una sombrilla.
Nadie las tira en los contenedores, ni las ofrece en ventas de garaje.
Nadie las publica en internet, ni la vende en los puestos de la feria.
Nadie inaugura estatuas de ellas, ni las pasea en carroza.
Así que si por casualidad encontrás alguna… no la sueltes jamás.

¿Cómo reconocerlas?
Es fácil: son flacas.
En realidad son flacas o son gordas.
Y hasta pueden ser flacas con pancitas.
Son rubias o negras.
De pelo largo y hasta calvas.
No tienen edad.
A veces parecen adolescentes felices y descaradas.
A veces parecen adultas…más felices, más descaradas y más adolescentes.
A veces tienen la inocencia de su madre.
A veces la sabiduría de su hija.
A veces parecen niñas tímidas que no consiguen llegar a la piñata del cumpleaños.
A veces gatas que ronronean buscando mimos.
A veces leonas en celo y sin celos.
A veces te miran con ojos de perro que lo dejó la mudanza y otras veces aguantan tu mirada sin pestañear, como desafiándote, con firmeza; pero se les vuelca el amor desde los ojos y les corre como helado derretido hasta el mentón.
A veces son azahares de un naranjo que te provoca a la madrugada y otras veces son gorriones confianzudos picoteando entre tus piernas.
Tienen tus mismos ojos y te miran de frente.
Te cuidan solo con tocarte y preguntan a cada rato “¿estás bien?”.
Te acarician la cara desde la oreja a la boca, hasta que sus dedos quedan sobre tus labios y te besan con ellos, como pidiéndote silencio.
Son firmes y delicadas.
Son tan duras como quebradizas.
Son serias y a carcajadas.
Son de ellas y no son tuyas.
Se entregan y se desentregan cuando la vida se los pide.
Ponen el acento donde va, es decir, donde casi nadie lo pone.
Conocen lo sustancial y adivinan lo secundario.
Entonces no le erran nunca.
Porque aprendieron a ganar perdiendo y a perder ganando.
Porque aprehendieron ganando y aprehendieron perdiendo.
Saben qué cosa es lo importante y cual es descartable.
Se mueven con seguridad por la vida.
Se ríen de lo solemne y se persignan ante lo cotidiano.
Se burlan del protocolo y saludan la improvisación.
Aplauden a una libélula y les duele un perro flaco.
Esquivan al poder de turno y a los poderosos.
No los desprecian.
Les dan lástima.
Los desnudan hasta colocarlos en medio de la plaza y del ridículo.
Son seguras y regalan certezas.
Desconfían de los desconfiados y sueñan despiertas con la mirada perdida en tu cara.
Aman hasta el desgano, aman hasta el hartazgo, aman hasta la médula, aman hasta el orgasmo.
Aman, siempre aman.
Cantan con los horneros, cantan con el viento sur, cantan con los violines, cantan con el arroyo.
Cantan, siempre cantan.
Bailan solas en medio de una pista adolescente e imaginaria y te besan aunque no sea tu cumpleaños.
Si vez a alguna de ellas, abrazala y llévatela para tu casa.
Si alguien la reclama, decí que ya era tuya de muchos años antes.
No tenés como errarle.
Nunca se quejan, lloran cuando hay que llorar, no provocan lástima, desnudan su cuerpo y su alma sin culpas y su carcajada es la más fresca de todas las cataratas.
Quieren (sin pausas y sin alardes)
Opinan (con palabras y con silencios)
Juzgan (con humildad y sin respeto)
Bailan siempre bailan
Besan, siempre besan
Ríen, siempre ríen.
Son mujeres y uruguayas.
Si encontrás una…negalo.
Decí que no es cierto, aunque te hayan visto levantarla en la escalera de madera de una playa.
Yo por ejemplo, jamás tuve la fortuna de encontrar alguna.
Y mucho menos… por estos días.
Marciano Durán- Febrero del dosmildieciocho

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