DETESTOMENSAJEDETEXTO

¡¡¡Me tienen podrido!!!
¡Sííííí!
Recién llevan unos meses y ya me tienen podrido.
¿Cómo haré para sobrevivir los próximos años, cuando los mensajes de texto terminen por acorralarme?
No soporto más conversar con alguien que en lugar de mirarme a los ojos, mira para su pantalla de celular y se ríe de algo que yo ignoro.
Creo que si sigo así se me va a caer el pelo.
Yo sé que esto de opinar cada poco enjuiciando los nuevos tiempos, las nuevas tecnologías y los adelantos varios, me pone en el cajón de los viejos chotos (por lo menos).
Es decir…me pone exactamente en el mismo lugar en que hace unos cuantos años yo colocaba a los que no entendían a los Beatles, al Che Guevara o a Cortazar.
Pero estoy dispuesto a arriesgar a que me coloquen en lugares de los que me costará salir.
Aguanto.
Asumo el riesgo.
Pueden gritarme por la calle: ¡Andá…viejo amargadoooo!
No me daré vuelta a contestar (en todo caso mándenme un mensaje de texto).
Ahora que lo pienso…hay otras cosas que tampoco soporto, por ejemplo los tipos que opinan de todo como si supieran, incluso de los mensajes de texto.
Eso sí…nadie crea que los mensajes en los celulares me molestan porque los jóvenes escriben abreviando, con faltas de ortografía y todas esas cosas que dicen algunos docentes y que tal vez sean ciertas.
No.
No viene por ahí la mano.
Veamos.
Lo primero es lo primero.
Y lo primero es aceptar que los mensajes de texto se apoderaron de nuestro planeta.
Y vienen por más.
Barato, fácil de usar, práctico; son los elogios que más se escuchan.
El mundo cambió en un año.
El mercado de los celulares se apoderó de la tierra y millones de personas de todos los países no paran de mandarse mensajes de texto.
Desde la mañana hasta la noche, desde la escuela al liceo, desde el boliche a la casa, millones de mensajes de texto se entrecruzan y hacen de la atmósfera un espacio permanentemente ametrallado.
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Los cumpleaños de 50

Así es la vida.
Primero te llevaban a los bautismos y vos no te enterabas ni te acordabas de nada.
Después cumplías tu primer añito y tampoco te enterabas.
Esas fabulosas fiestas estaban hechas para los papás y los abuelos del nene, y más aún… para los papás y los abuelos de los nenes de los demás.
Por tercero o cuarto de secundaria te empezaban a llover invitaciones en cartulinas blancas con letras doradas: ¡Llegábamos a los cumpleaños de 15!
Ocho o diez años después aparecían los casamientos.
La misma que cumplió quince te avisaba que “vamos a ser dos” o incluso alguna se animaba con Benedetti y te ponía “Somos muchos más que dos”.
Siete u ocho meses después (nueve a más tardar) entendías que no había sido “ni en la calle” ni “codo a codo”.
Y como nos quedaba un hueco grande sin festejos hasta que llegaran las Bodas de Oro, a alguien se le ocurrió inventar Los Cumpleaños de 50.
¡Y estuvo genial!
Yo no sé quien fue, pero que fue un uruguayo no tengo dudas.
Porque para inventar festejos y feriados no nos ganan ni los argentinos.
¡Sí, señor!!….por suerte está de moda encontrarte con gente gorda, pelada, hecha pelota, sorda y canosa que alguna vez trepó muros con nosotros.
Es casi, casi la Fiesta de la Nostalgia pero con permiso de Lecueder.
–No tengo idea qué ropa ponerme– le dije a mi mujer.
–¡¿Vos no tenés idea?!– me contestó. ¿Y yo?… que la última vez que me sacaste fue cuando vinieron Los Olimareños al Centenario.
Lo que no nos quedaba estrecho, no permitía que se prendieran los botones.
Lo que no nos ajustaba las muñecas, nos estrangulaba el cuello.
Los zapatos nos comprimían los dedos y el verbo que conjugábamos por primera vez era “matambrear”… casi todo nos matambreaba alguna parte del cuerpo.
Fui hasta el ropero y le dije a mi mujer:
–Vos vestite en el baño. Cuando yo esté pronto te aviso y nos encontramos en el pasillo.
Me puse una camisa de seda… pero sólo me prendió un botón.
El de más abajo, el que ponen al final, justo el que queda adentro del pantalón y nadie se entera si prendió o no.
Entendí finalmente lo de “al santo botón”.
Para disimular me puse un buzo de lana, que de tan justo que me quedaba me marcaba el ombligo con una perfección que ni labrado.
–¡¿Y si les decimos que se nos enfermó Pilarcita y los padres tenían que salir?!– gritó mi mujer desde el baño como haciendo fuerza para cerrar un cajón, un baúl o un pantalón.
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¡¡¡Síííííí, que se venga el apagón!!!

–¡Ya sé! ¡Tengo una idea buenísima!– le dije a mi familia mientras desayunábamos hoy a la mañana.

–¿Una idea para qué?– preguntó mi mujer que de lo único que desconfía es justamente de mis ideas.

–¡¿Cómo para qué?! ¡Para ahorrar energía! ¿En que país viven ustedes? ¡¡Estoy pensando sin parar desde ayer cómo hacer para ahorrar energía y se me acaba de ocurrir una buena idea!!

–¿Qué se te ocurrió?– preguntó mi hijo con cara de Fossati mirando la ceremonia inaugural del mundial.

–Es muy sencillo, debemos fijarnos objetivos grandes y después no llevarlos a cabo.

–No entendemos—dijeron los cuatro a coro.

–Bien…el tema es así. A partir de mañana voy a tomar licuado de frutas de mañana, de tarde y de noche mientras seco la ropa con el secador de pelo.

–Explicate mejor– dijo mi hija con pocas ganas de que me explicara mejor.

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