Así es la vida.
Primero te llevaban a los bautismos y vos no te enterabas ni te acordabas de nada.
Después cumplías tu primer añito y tampoco te enterabas.
Esas fabulosas fiestas estaban hechas para los papás y los abuelos del nene, y más aún… para los papás y los abuelos de los nenes de los demás.
Por tercero o cuarto de secundaria te empezaban a llover invitaciones en cartulinas blancas con letras doradas: ¡Llegábamos a los cumpleaños de 15!
Ocho o diez años después aparecían los casamientos.
La misma que cumplió quince te avisaba que “vamos a ser dos” o incluso alguna se animaba con Benedetti y te ponía “Somos muchos más que dos”.
Siete u ocho meses después (nueve a más tardar) entendías que no había sido “ni en la calle” ni “codo a codo”.
Y como nos quedaba un hueco grande sin festejos hasta que llegaran las Bodas de Oro, a alguien se le ocurrió inventar Los Cumpleaños de 50.
¡Y estuvo genial!
Yo no sé quien fue, pero que fue un uruguayo no tengo dudas.
Porque para inventar festejos y feriados no nos ganan ni los argentinos.
¡Sí, señor!!….por suerte está de moda encontrarte con gente gorda, pelada, hecha pelota, sorda y canosa que alguna vez trepó muros con nosotros.
Es casi, casi la Fiesta de la Nostalgia pero con permiso de Lecueder.
–No tengo idea qué ropa ponerme– le dije a mi mujer.
–¡¿Vos no tenés idea?!– me contestó. ¿Y yo?… que la última vez que me sacaste fue cuando vinieron Los Olimareños al Centenario.
Lo que no nos quedaba estrecho, no permitía que se prendieran los botones.
Lo que no nos ajustaba las muñecas, nos estrangulaba el cuello.
Los zapatos nos comprimían los dedos y el verbo que conjugábamos por primera vez era “matambrear”… casi todo nos matambreaba alguna parte del cuerpo.
Fui hasta el ropero y le dije a mi mujer:
–Vos vestite en el baño. Cuando yo esté pronto te aviso y nos encontramos en el pasillo.
Me puse una camisa de seda… pero sólo me prendió un botón.
El de más abajo, el que ponen al final, justo el que queda adentro del pantalón y nadie se entera si prendió o no.
Entendí finalmente lo de “al santo botón”.
Para disimular me puse un buzo de lana, que de tan justo que me quedaba me marcaba el ombligo con una perfección que ni labrado.
–¡¿Y si les decimos que se nos enfermó Pilarcita y los padres tenían que salir?!– gritó mi mujer desde el baño como haciendo fuerza para cerrar un cajón, un baúl o un pantalón.

–¡Noooo, le dijimos a Pedro que íbamos a ir!– le dije transpirando y cinchando con unas botas de cuero que me puse por última vez cuando fuimos al estreno de El Graduado.
Para taparme el monumento al ombligo, me puse un sacón de lana de aquellos que se tejían a mano y que llevaban un cinturón también de lana.
El pantalón lo dejé para lo último porque sabía que sería el que demandaría el esfuerzo mayor.
Subir…subió, pero los ganchitos que lo tenían que cerrar ni siquiera se conocieron.
Usé el cinto.
Le hice un agujero extra, bien en la puntita.
El próximo cumpleaños se lo hago en el anexo.
Desde el baño escuché a mi mujer que seguía haciendo fuerzas, se apoyaba en las puertas, se agarraba del bidet y se quejaba como nunca la había escuchado.
Me puse una corbata para disimular que el botón de arriba no prendía ni prendiendo y con las botas sin terminar de calzar salí caminando como pude.
Nos encontramos en la mitad del pasillo.
Mis botas dobladas en el tobillo, parecían indicar que estaba bailando un malambo… pero quietito.
Nos miramos.
Mi mujer solo atinó a apagar la luz.
No nos podíamos mover, caminar, ni respirar.
Ni siquiera teníamos fuerza para llorar.
Cuando nos repusimos, mi mujer me juró por García Pintos que nunca iría a un cumpleaños de 50.
Como todavía quedaban dos días la convencí para llevar a la modista la ropa que nos probamos. Habría que agregarle, cortarle, ponerle o sacarle (más ponerle que sacarle).
Cuando llegó el día del cumpleaños éramos otra cosa, nos movíamos con cierta gracia, incluso ensayamos a hacer como que saludábamos al llegar.
Después probamos una vez (una sola vez) a agacharnos, e hicimos como que bailábamos para saber de antemano si algo de aquello se rompería, se despegaría, se desarmaría o se descosería en algún momento.
Quedamos bastante conformes, pero nuestros hijos nos cerraron con llave por fuera y nos prohibieron salir vestidos así.
Nos amenazaron con no dejarnos ver nunca más a nuestra nieta.
¡Pero nuestra rebeldía efervescente y cincuentona no se rinde!
¡Saltamos por la ventana y contentos y rejuvenecidos nos fuimos al encuentro de los compañeros de una generación pujante y vital!
Abrimos la puerta doble.
Pedro nos esperaba como si fuera una quinceañera.
Le dimos el regalo a la vez que en un segundo observamos todas las mesas y pudimos ver que casi todos estaban matambreados.
Sólo se salvaban tres o cuatro parejas, el resto fue al mismo shopping que nosotros.
Nos sentaron en una mesa grande con otras personas
–¿Quién es el señor canoso que está al lado mío?– le pregunté en voz baja a mi mujer.
–Es Carlitos, fueron compañeros del liceo y es tu actual peluquero.
–¿Carlitos? Hace diez minutos que estoy conversando con él y no me daba cuenta de donde lo conocía. Está hecho pelota. No se mantiene como me mantengo yo.
Giré, le pasé el brazo por la espalda y tratando de disimular le dije:
–¡¡Carlitos viejo y peludo!! ¡¡Estás igualito Carlitos!!
–Vos estás hecho bolsa– me dijo y empezó a toser de tal manera que la mujer, con pañuelito al cuello igual que la mía se tuvo que parar a atenderlo.
–Levantá los brazos, viejo. Tomate una cucharada de esto por favor, tenés que cuidarte, a vos te faltan dos años para tu cumpleaños de 50.
Enfrente a nosotros, en la misma mesa, estaba Beto con la esposa (alias Incamate) que se había puesto toda la pintura que encontró en la casa, incluyendo una mano de enduído, dos de fondo, esmalte sintético y antióxido.
Beto se me acercó y en secreto me dijo:
–¿Te acordás de Mónica? ¿Te acordás que estaba que se partía? ¿Te acordás que todos estábamos enamorados de ella en facultad?
–Claro que me acuerdo. ¡Siempre me acuerdo de ella! ¡¡Tooodos los días me acuerdo de ella!! ¡¡¡¡SÍÍÍÍÍI, NO DEJO DE ACORDARME DE ELLAAAA!!!!!! –y esto se ve que con la emoción lo dije fuerte porque mi mujer me pisó sin querer con los dos tacos aguja.
–¡¡Mirá para la pista! ¡¡Salió al bailar con el marido, mirala!!!—me dijo Beto, babeándose.
–Giré la cabeza y solo conseguí ver a una señora mayor, entrada en años y en nalgas que se movía con mucha gracia y poco esposo.
–No la veo– le dije — debe de estar bailando atrás de la gorda culona.
La conversación en la mesa se fue poniendo linda.
Todas las frases comenzaban con: ¿Te acordás de…? ¿Vos estabas el día que…? ¿El que no está bien es…? ¿Sabés quien tuvo otro nieto…? Las manos empezaban a hablar más que las bocas. Cuando alguien trataba de recordar quien fue que le chocó el auto al padre en el 72, aparecían los… “eeeehhhh…. ¿Cómo era?… El petiso… ¿Cómo se llamaba el petiso”…y la mano golpeaba el aire, la mesa o el hombro del otro …“el de pelo largo crespo que se hacía la toca, ¿cómo era que se llamaba?”
–¿Y ustedes ya tienen nietos?– preguntaba Ariel.
–Si, una. — le decía mi mujer.
–¿Dos nietas ya?
–No…una sola.
–¡¿Dos varones? ¡Mirá vos!
–¡¡UNA NIETAAAA!
–¿Neneta? Que lindo nombre. Disculpá que no te escucho bien. Están poniendo la música muy alta. A ese jovencito que está con el combinado deberían calmarlo un poco.
–Acá tengo una foto de Pilarcita –le dijo mi mujer.
–Ni te molestes—contestó Ariel. Sin los lentes no veo un pomo.
La fiesta estaba bien buena, la música pasaba de Zapatos Rotos a Yo en mi casa y ella en el bar y de La Lambada a Los Iracundos.
De la pista me hacían señas para que saliéramos a bailar.
–¡¡Vamos cheeee!! ¡Manga de aburridos!! ¡Cómo en los setenta, negro! ¡Vengan cheee!
Dos veces me tenté y dos veces me senté. Dos veces me paré y dos veces mi mujer me pegó un pellizcón en zonas de compromiso, me aplicó el plan taco aguja y me gritó en secreto al oído:
–¡¡Esperá a los lentos, si bailamos esto se nos descose todo!! ¿Por qué no vas a fumar un cigarro afuera con Carlitos y Oscar? Ahí viene el mozo ¿Te pido algo?
–Sí, pedime un Omega Tres con bastante hielo. Ya vengo.
–Mi amor–me dijo mi mujer cuando me paré– llevá el celular por las dudas y llevá este papel con la dirección anotadita.
Afuera aprovechamos para recordar todas las minas que estaban buenas y nunca nos dieron pelota, todos los nabos a quien les quedamos debiendo una trompada y todos los campeonatos que nunca ganamos.
En la vereda de enfrente alcanzamos a ver que Beto hablaba con una señora , le mostraba la cédula y le preguntaba donde quedaba el local en el que estaba un rato antes festejando un cumpleaños de 50.
Desde adentro, el tipo del parlante avisaba que había aparecido Raquel y que estaba junto al tipo que pasaba la música. Que fueran a retirarla allí.
Fue una noche inolvidable, a las 11 nos tomaron la presión a todos y un enfermero atendía sin costo a los que se sofocaban bailando.
Junto con los souvenir, en un detalle realmente novedoso, a los que queríamos seguir tomando cerveza nos iban dando pañales desechables.
¡Formidable invento esto de los cumpleaños de 50!
Mas que nada ahora, que todavía estamos hecho unos potros.

Marciano Durán
Junio 2006

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