El jueves me fui a la cama temprano y me costó dormirme.
Las imágenes de la televisión seguían dando vueltas en mi cabeza.
Veía a Suárez convirtiendo el segundo gol y corriendo como loco por atrás del arco.
Pero Suárez me dejaba dormir.
No eran los goles los que me hacían dar vueltas en la cama.

Yo ya sabía que esa tarde volvía el monstruo.
Siempre supe que lo del Lucho es increíble.
Suárez está fuera de concurso.
Suárez es el Carro del Chaná.
Suárez es un fenómeno y es imposible que uno se identifique con un fenómeno.
A mí me parece que el Lucho nos queda grande.

Si tuviera que decir a cual jugador se parecen los uruguayos, pharmacy no elegiría a Suárez.
Porque los uruguayos no somos “fueras de serie”.

Y entre tanta vuelta en la cama que no me dejaba dormir ni a mí ni a mi mujer, se me apareció Muslera con más brazos que un pulpo.
Y después me di cuenta que Giménez esa tarde cumplió 40 años, que Cavani corrió tres maratones y que Godín tenía tatuada la cinta de capitán en el brazo.
Que el Cacha les ganaba por arriba a los que medían 20 centímetros más que él, que el Tata cumplía en el Día del Abuelo y el Nico la ponía donde quería ponerla.
Y yo no podía dormir.
Y mi mujer me preguntaba qué me pasaba.
Se parecía mucho a la noche de cualquier seis de enero de los 50 o de los 60 en que a la madrugada repasaba solito cada pelota y cada camiseta con las que había jugado en el día.

Repasé una y otra vez las jugadas del partido y terminé siempre en el minuto 61.
Recorrí todos los segundos de los minutos 61 y 62 y 63 y me di cuenta que la razón por la que no podía dormir era porque estaba viendo a un país metido en el cuerpo de un tipo.

Era Uruguay con cara de Pereira.
Y sentí el golpe que siempre nos dan.
Ese que llega sin querer, ese que no te quieren dar… pero que te noquea.
Y escuché al estadio dándote por muerto.

Y me levanto a escribirlo.
Justo en el momento en que algunos periodistas estaban preparando el entierro del maestro y sus alumnos.
Justo cuando desde Facebook varios se preparaban para poner en el perfil “Yo te lo había dicho”
Justo cuando algunos relatores extranjeros decían: este país no respira, coloquen a Uruguay en una camilla de color naranja y sáquenlo para que la fiesta pueda seguir.

Entonces me levanto en puntas de pie, me voy al comedor y prendo la computadora.
Y veo a Palito tirado sin ninguna respuesta, veo la camilla que quiere sacarse de arriba a este molesto país antes del tercer partido.
Veo a Muslera y a Godín que no están dispuestos a aceptar ninguna muerte prematura, y los veo masajeando al paisito en el pecho y veo a los profesionales diciendo… “ya está, hasta acá llegó Uruguay”.
Y lo escribo.
Lo escribo solo, sentado en el frío de mi comedor de estufa a leña apagada.
Y me doy cuenta que si alguno de esos jugadores somos nosotros… somos el Palito.
Somos el paso tembloroso, el paso de un boxeador grogui buscando el rincón.
Somos sus manos tratando de agarrarse de cualquier cosa para poder caminar.
Somos su cabeza intentando entender cómo seguir si todo está perdido.
Somos nosotros tratando de mantenernos vivos, una vez más en nuestra historia dura y difícil.
Somos nosotros intentando continuar de pie mientras tres personas nos llevan del brazo para afuera del mundial.
Hasta que uno de los asistentes hace la seña tenebrosa y dice la palabra prohibida: “Cambio”.
Y escribo esto a la una de la mañana, porque justamente allí, en ese minuto, en ese gesto, apareció el Uruguay condensado en un grito: “¡Noooooo! ¡No salgoooooo!”
Y el dedo índice de todos nosotros moviéndose para un lado y otro despejando cualquier duda:
“¡Noooo! ¡No salgoooooo!”
Enseguida la insistencia racional de los profesionales: no puede, este país no sigue, este país ya no puede más, ni siquiera puede caminar.

Y me levanto de la cama a escribir que el Palito Pereira somos cada uno de los uruguayos, los que nos levantamos a las seis de la mañana para ir al trabajo, las mujeres que van hasta la parada del ómnibus con heladas machazas a llevar a sus gurises.
Y me levanto a escribir que ese gesto de Palito es el mejor espejo para reflejarnos desde Bella Unión hasta el Chuy y desde Rio Branco hasta la Playa de la Agraciada.
¡Sigo, carajo!
¡El Palito Pereira y nosotros seguimos, carajo!
Este pequeño país es mucho más porfiado que cualquiera de los ingleses, de los croatas o de los rusos.
No es la primera vez que andamos gritando que No.
A este país no lo noquean de un rodillazo.
No hay langosta, ni inundación.
No hay dictadura, tornado, ni crisis económica capaz de hacerlo salir en camilla antes del final del partido.

Ahora estamos en el minuto 63.
Sterling se toma la rodilla.
La misma con la que había golpeado en el rostro al paisito.
El inglés pone cara de sufrimiento.
Pide el cambio.
Entra Barkley por él.
Inglaterra sale rengueando tomándose la rodilla de la reina.
Unos segundos después Palito vuelve a trancar contra la línea de costado, con más fuerza que antes del golpe.
Uruguay… con más fuerza que antes del golpe.

En eso somos distintos.
Ni mejores ni peores.
Distintos.
Aunque nos tengamos que volver a Uruguay en unos días, los minutos 61, 62 y 63 quedarán en nuestra mejor historia.
Valieron el mundial.

Marciano Durán
Crónicas marcianas y mundialistas
Junio del catorce

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