Extraña teoría de los nombres que llevamos los uruguayos

Cuando yo era chico los más viejos de mi barrio se llamaban Nepomuceno, Cipriano y Bonifacio.

Los colchoneros, los hojalateros y los afiladores tenían nombres como Casimiro, Nicasio y Epifanio.

En cambio nosotros -los niños de mi cuadra- nos llamábamos Mario, Jorge, Eduardo, Gustavo, Daniel y Juan.

Las abuelas también se llamaban distinto: Clotilde, Josefa y Adela.

Las que curaban el empacho o vendían leche cruda eran Aurora, Ofelia y Amalia.

Las que barrían todo el día la vereda también tenían nombres de vieja: Odilia, Justa y Brígida.

Y a nosotros nos parecía bien.

Nuestras hermanas en cambio se llamaban Mariana, Teresa, Susana y Raquel.

Las primas eran Anas, Sonias, Silvanas y Cristinas.

Eran tiempos en que nuestros mayores leían a Pérez Galdós y le ponían a la hija Marianella (mis suegros leyeron una lata de aceite y le pusieron a mi mujer Mary Carmen. Te lo juro… te lo juro por mi mujer)

Por los 70 comenzó a mandar la televisión y con ella comenzaron a cambiar algunas costumbres del paisito.

Con la tele nos enteramos de que las mujeres podían hacer algo más que un buen guiso, por ejemplo que podían ser profesionales.

Las madres -que todo lo saben- descubrieron que sus hijas no llegarían nunca a tener un título con los nombres que les habían puesto.

Así que apareció la generación de las Beatriz, Ana María, Alicia y Graciela. Y …¡zás! de una sola maniobra consiguieron hijas escribanas, abogadas y maestras. Así se llaman todas ellas. Era tan facil que nadie se había dado cuenta.

Otras mamás se dieron maña para que sus hijas deslumbraran por otros méritos… así que las llamaron Sandras, Claudias y Patricias.

Yo las conocí a todas… y todas estaban buenas.

Las Sandras, las Patricias y las Claudias se caracterizaron siempre por estar buenas.

¿Por qué? ¡Pah! Patricia fue la Hearts -que era brava- y Patricia apareció en la década del treinta como la cerveza más uruguaya, pero no creo que sea por eso que ha dado gusto ver a una Patricia cuando viene, y más aún cuando se aleja (mérito principal de las Patricias).

Con las Claudias pasó algo parecido, seguro que fue la mujer de Poncio Pilato la primera Claudia que nos instó a lavarnos las manos luego de verla. Después la Cardinale, la Lapacó y la Shiffer terminaron de mostrarnos atributos de Claudias que al contrario de las Patricias se acercan mejor de lo que se alejan (si no, preguntale a Claudia Fernández).

De las Sandras más vale no hablar. Yo calculo que todas las que se llaman Sandras son hijas de las eternas amantes de Sandro. Y calculo que crecieron viendo a su madre babéndose por el jetón de “Dame fuego”. Y por eso han de haber salido todas enamoradas.

Algo parecido pasó con los Favios, muchachos complicaditos si los hay…solo porque sus mamás tenían problemas de contención urinaria cuando escuchaban “que otra vez seráááá, que otra vez seráááá, tierno amanecereeer, sé que nunnnnca más”.

Sí señor… los nombres nos han ido marcando a fuego a los uruguayos. Y en algunos casos determinaron buena parte de nuestra vida.

Si no, fijate los gordos.

Sólo a una madre descuidada se le puede ocurrir ponerle a su hijo Ramón, Horacio o Ricardo.

Alguien debió advertirle que con esos nombres iban a engordar antes de cumplir los 50.

Y a las Hildas, las Delias y las Leonor les pasó lo mismo. No le pusieron un nombre… les agregaron 10 talles.

Y nosotros no nos quedamos atrás.

O sea… no fueron sólo nuestros padres.

Entre el 60 y el 70 -con Cuba primero y con Vietnam después- nos fuimos alejando de los estadounidenses y resolvimos eliminar de nuestras casas a todos los Washington, Walter y Wellington con los que nuestros padres nos habían internacionalizados… y a nuestros hijos les pusimos Maicol, Yonattan y Braian.

¿Mujeres?… lo mismo. Ellos se habían enamorado de la Hepburn, de la Taylor y de la Temple y castigaron a nuestras hermanas con Catherine, Elizabeth y Shirley.

Nosotros reivindicamos la esencia charrúa y a nuestras hijas las llamamos… Yennifer, Daiana y Jessica.

¡Y mirá que increíble! Hasta políticamente les pusimos la marca para siempre.

Los que se llamaban Fidel o León no tuvieron más remedio que hacerse izquierdistas.

Y como eran inevitablemente izquierdistas llamaron a sus hijos Ernesto, Germán, Liber, Tabaré y Camilo.

¡Lo contás en Europa y no te creen!

Los que se llamaban Aparicio, Leandro, Bernardo, Juan Andrés, Álvaro, Carlos Julio, Juan Martín y Luis Alberto… sí, adivinaste: se volvieron blancos.

Los Cesar, Julio María, Juan María… colorados.

Los Jacinto, Patricio, Cirilo y Baltasar se volvieron negros.

Hubo sí en este país una década infame. Algo taró las cabezas de las mujeres embarazadas y de sus esposos.

Allá por los 80, recién salidos de la dictadura, con problemas notorios de razonamiengto, todos, todos, todos les pusimos a nuestros hijos Federico, Nicolás, Rodrigo, Sebastián y Santiago.

En esos días las maestras decían: “Nicolás, de pie, lea la página 4” y se paraba media clase.

“¡A cabecear, suba a cabecear, Federico!” gritaba el director técnico de baby-fútbol y arrancaba una excursión para el área.

Elegimos esos nombres porque eran largos, sonoros y con personalidad.

Hoy les decimos Fede, Nico, Ro, Seba y Santi.

Con las nenas pasó algo parecido, se llamaron todas Carolina, Agustina y Valentina; es decir Caro, Agu y Vale.

Eso sí, extrañamente tres nombres consiguieron atravesar las generaciones: José, Pedro y Carlos.

Todos tenemos un tío, un primo o un sobrino que se llama así.

¡Y fijate qué cosa rara! En todas las generaciones los Carlos apodados Carlitos se convirtieron en buena gente. Los que no consiguieron pasar esa barrera quedaron en deuda con la sociedad y seguramente con el carnicero.

Yo desconfío de los Carlos que nunca fueron Carlitos.

Fijate: Carlos Rohm fue, es y será Carlos. Por las mismas razones que hacen que Juan Carlos Blanco, Carlos Daners, Carlos Reyles, Juan Carlos Payseé o Carlos Vaz Ferreira (por nombrar a algunos) también se hayan quedado en el Carlos.

Sin embargo, Carlitos Roldán, Carlitos De Lima, Carlitos Bueno o Carlitos Paez Vilaró a poco de crecer abandonaron el Carlos.

Hacé una prueba, pensá en tu Carlos más próximo y fijate si le dicen Carlitos.

Yo no le prestaría plata a un Carlos que no sea Carlitos.

Y lo mismo pasa con los Pedro y los Pedrito.

¿Has visto algo más bueno que un Pedrito?

Nunca dejaría que mi hermana saliera con un Pedro.

Sin embargo un Pedrito…¡qué querés que te diga!

A ver si me explico: Pedro Bordaberry, Pedro Picapiedra, José Pedro Damiani no serán nunca Pedritos.

De los José ni te hablo.

¿Viste algo peor que un José al que no le digan Pepe?

José Peirano, José Rohm, José Nino Gavazzo, por ejemplo.

¿Y viste los Pepes?

Mujica en los 60 era José…ahora es el Pepe.

Y andá anotando: El Pepe Sasía, el Pepe Guerra, el Pepe Urruzmendi, el Pepe Vázquez, el Pepe DElía.

¿El premio?

El premio se lo lleva el Pepe Schiaffino, que consiguió ser Pepe llamándose Juan Alberto.

¿Y los María?

¡Pobres tipos!

La mayoría de los José María hizo un pozo en el fondo de la casa y como si hubiera sido un cadaver enterró el María para siempre.

Sin embargo otros lo lucen con orgullo.

Si a mi me hubieran puesto Culo María, me hacía llama Culo.

Te lo juro.

En algunos casos les pusimos profesión a los nombres.

Así, todos los Conos se convirtieron en deportistas de Florida.

Los Manuel en bolicheros de Montevideo y los Samuel en tenderos del Chuy.

Los que quisieron tener hijos basquetbolistas les pusieron Ramiro y Oscar.

Los que querían buena gente los crucificaron con Jesús, Ángel o Belén.

Los que quisieron relatores de futbol los llamaron Victor Hugo, Walter Hugo, Carlos María, Luis Victor o Julio César.

Los que odiaron a sus crías los llamaron Mamerto, Simeón, Cornelio y Gilberto (un aborto hubiera sido más humanitario)

Hasta en el campo cambiamos la pisada y los Zenón, Floro, Aniceto y Aquilino -gauchos machos si los hubo- los cambiamos por ambiguos Gonzalos, Hernán y Francisco.

A propósito de Francisco… por los 90 en un momento de felicidad, fantasía y fraternidad a los uruguayos les atacó fuertemente la letra efe.

Y nos llenaron de Facundos, Fabricios, Felipes, Florencias y Fabianas.

Pero donde nos exprimimos la cabeza fue en el fútbol.

La selección del 24 en 18 jugadores tenía 6 Pedros (Arispe, Casella, Cea, Etchegoyen, Petrone y Zignone)

La del 28 tuvo otro tanto. De ahí seguramente vinieron los Pedros de los 60 y 70 (Rocha, Grafiña, Pedrucci y otros tantos)

Si encontrás ahora un Pedro jugando al fútbol…avisame.

Y…¿tenés la mínima idea cómo se llaman ahora los jugadores de fútbol de este país?

¡Se llaman Diego!

Claro, sus padres se maravillaron con Maradona.

Godín, Forlán, Lopez, Lugano, Perez, Arismendi, Ferreira, Polenta y una lista interminable.

Lo cierto es que los uruguayos a la hora de ponerle nombres a nuestros hijos hemos sido distintos al resto del mundo.

Te lo digo yo.

Mi nombre no me deja mentir.

Marciano Durán

Crónicas marcianas y uruguayas.

Agosto del catorce (aunque es del cinco)

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