LA NOCHE DE LA NEURALGIA (Segunda de las tres crónicas a rescatar en agosto)

-¿Te parece che?

-¡Sí loco, daaale! Hace mil años que no salís a ningún lado. Es ahora o nunca, si no enganchás una mina un 24 de agosto no la enganchás nunca más. ¿Qué vas a esperar macho? ¡Ya pasaste los 50!

Lo que me preocupaba un poquito era que no tenía claro como ir vestido.

En realidad el único dato que tenía era que se trataba de una noche de recuerdos o algo así.

No sé de donde saqué que sería bueno ponerme “algo de época”

Busqué en el ropero algunas pilchas que creí que nunca más usaría.

Me apretaban de todos lados, me sobraba pulpa por cuanto hueco tenía la ropa: entre los botones de la camisa, entre la camisa y el pantalón, en los puños y hasta en los tobillos…pero supuse que todos iban a paracer matambres con nostalgia.

Un pantalón oxford con faja, una camisa con shabot, un buzo elástico ancho, un par de zapatos con plataforma y un sacón de lana tejido a mano.

El volkswagen me quedó bárbaro.

Le pinté flores rosadas, verde limón y amarillas.

Frené arrastrando las ruedas frente a la entrada del club.

Juan me esperaba en la puerta.

-¿Qué te pusiste animal?- dijo agarrándose la cabeza y sentándose a reir en un murito.

-Y… yo que sé…¿no me dijiste que era de recuerdos?- le dije acomodándome los gemelos de los puños.

-Bueno, dale, adentro hay poca luz…vamos.

Adentro de verdad que había poca luz y yo no estaba acostumbrado a ese clima de oscuridad y humo.

La música sonaba demasiado fuerte para mi gusto y la gente saltaba mientras gritaba que estaba hecha un demonio.

-¡Uuuh! Esa es la veterana que atiende en la intendencia, si me ve así me muero!

“Zapatos rotos, zapatos rotos” gritaba en el medio de la pista un gordo al que la barriga se le asomaba colgando por delante del cinturón, quiero decir…me imagino que atrás de eso que colgaba como una agua viva gigante habría un cinturón y una hebilla tratando de ajustar algo.

-¿Qué es ese olor? – me preguntó Juan con cara de asco.

-555- le dije casi en secreto- Poliana 555, me puse un poquito, pensé que…

-¡Mirá Pedro, mirá esa mina en la mesa como te relojea, está solita, caéle Pedro, caéle – me dijo Juan ayudándome a sacar el sacón de lana escardada. Me le acerqué pegando saltitos al compás de “Salta, salta, salta pequeña langosta” y antes de llegar le dije con tono canchero:

-¿Danzamos en la nostalgia? Mirando las vidrieras te encontré, estoy hecho un demonio, me gusta la noche, me gusta el bochinche… y no puedo parar.

-No te enojes- me dijo sin soltar el vaso de Martini- pero desde que llegué no paro de pensar en los niños, los dejé con el padre, yo estoy divorciada hace años, estoy segura de que están extrañando… disculpame, está sonando el celular, han de ser ellos.

Y se fue para el patio dejándome parado en el medio de la pista…sólo, mientras Los Iracundos repetían una y otra vez que la lluvia caería y que luego vendría un sereno.

-¡Allá!- dijo Juan- ¡Allá, en la mesa contra la columna!

Botas de cuero hasta las rodillas atadas con cordones, bufanda que le cubría la boca y la nariz, guantes forrados, gorra de lana y montgomery prendido con palitos.

-Un muchacho como yo que dice lo que siente y una chica como tú…¿baila? – le pregunté.

-D-d-d-dee frrrrio ba-baa-babailo- me contestó- No sé a que diablos vine, hacía diez años que no salía y se-se-se me ocurrre v-v-v-ennir hoyy que está cayendo una helada que ni te cuenttto. Disculpame, no bailo. No es por tu cara…es por mi reuma.

En la pista una flaca levantaba el brazo derecho y cuando lo iba bajando por atrás, ya comenzaba a levantar el izquierdo por delante. Era una especie de molino de viento pero con movimientos mecánicos; cuando se le destrancaba un brazo, el otro entrefenaba. No estaba allí, estaba en el club de su adolescencia, cerraba los ojos, pisaba a todo el mundo, golpeaba a los más cercanos, mientras en su cara se dibujaba claramente que ella no estaba allí, estaba en los 70 en algún lugar de este país, que no era precisamente ese lugar.

-Hola- le dije a una petisa fortachona, de minifalda, gargantilla y aros plateados.-Tu ruta es mi ruta- le susurré- cómo alvidar tu pelo- le agregué- Que chica tan linda que venden aquí. Movete chiquita movete- dije y me preparé para abrazarla y empezar a bailar.

-No lo tomes a mal, pero con toda esta luz no bailo… se me notan la várices.

-Bueno… te tomo la palabra para los lentos, cuando apaguen las luces vuelvo- le dije entrecerrando mis ojos.

-¡Nooo!- me contestó. ¡Con la luz negra se me notan las canas y hoy no me pude hacer la tinta!

Mientras los Bee Gees aparecían por tercera vez en los parlantes, me acerqué a una mesa donde dos chiquilinas de treinta y pico conversaban animadamente.

-¡Qué suerte que se me ocurrió traer el cuaderno de Micaela! En aquella mesa está la maestra de las niñas. ¿Conseguiste material de la fundación de Colonia?- preguntó una de ellas colocando una mochila entre los vasos y las botellas arriba de la mesa.

-Sí, anotá. Fueron los españoles en el 1680 y …mejor esperá que terminen con los lentos, apagaron las luces y estoy haciendo una letra horrible. Vale me mata. ¿Cómo estará?

-Espero que durmiendo. Vamos hasta el patio y llamamos desde el celular. Disculpe señor…¿usted precisaba algo?

-No…eeeh…que no fueron los españoles, fueron los portugueses- les dije mientras Barry White hacía amasijar a una pareja en el medio de la pista. Parecía que se habían conocido recién o que hacía 20 años que no se veían. Era el kiosquero de acá a la vuelta, apretaba con la esposa como si no la viera nunca a solas. Se tocaban y besaban a pesar de los vasos de whisky en las manos, y se pechaban permanentemente con la flaca de las botas rosas que seguía bailando sola. La del hot-pant estaba buena, pero no había parado de toser desde que llegó, aparte… con las plataformas que me había puesto, calculé que la cabeza me daría en el ombligo.

Mejor invito a la de bobito rosado.

-Hola, amor y paz- le mandé. Soy tu muchacho de bluyin. ¿bailamos?

-Eehhh….seeee- me dijo.

¡¡No podía creerlo!! ¡Había enganchado algo! Los Credence sonaban con fuerza y me invitaban como nunca a moverme. Ni siquiera me había parado frente a ella para empezar con el pasito que ensayé toda la tarde, cuando se me acercó y me susurró al oido, con voz acaramelada:

-No te enojes ¿no?… pero tengo cistitis, mejor dejamos y conversamos en la mesa. Con este frío tengo que ir al baño a cada rato.

Me escapé apenas pude y con Aretha Franklin me empezé a apretar a una morocha de pelo inflado como el de Sofía Loren. Arranque a bailar en la terraza metiendo la pierda derecha entre las piernas de ella y tirándome hacia atrás mientras ella apoyaba inevitablemente su cuerpo sobre el mío. Le estaba preguntando si le gustaba más la jazz o la típica cuando sentí el grito de:

-¡Mamááá, ridícula, vamos que son las tres!

-¡¡Mis hijos!- dijo horrorizada y me puso el cigarro prendido en la mano para que no la descubrieran fumando.

La mano quemada, los tobillos torcidos por culpa de semejantes plataformas, el alcohol dando vueltas en la cabeza buscando un lugar por donde salir, el pantalón tratando de estrangularme la barriga, los callos pulsándome como una baliza intermitente, el gordo refregándome su abdomen traspirado, los celulares sonando insistentemente, la flaca del molino golpeándome con sus pulseras, la del bobito pisándome camino al mingitorio.

Se terminaba la noche y no había conseguido bailar ni un solo compás, así que volví por la única que nadie había sacado a la pista: la del hot pant.

Y allí estaba.

Se había dormido sentada, con su cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa.

La sacudí varias veces pero no pude despertarla.

Entre sueños y ronquidos decía algo del ex-marido, del BPS, de unos pañales geriátricos y de la feria del domingo.

Como antes… otra vez volví a mi casa cansado y sin bailar.

Y sí…sigo siendo el mismo banana de los 70.

Marciano Durán

Crónicas marcianas y uruguayas.

Agosto del catorce (aunque es del seis)

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