COYUNTURAL

15 mayo, 2017 Sin categora no comments

 

 

Capítulo I
Salustio
Se acercaba la noche.
Salustio tomaba su mate cocido -el de la tardecita- sentado bajo el parral escuchando la General Electric y mirando dormir a Juan en su catrecito. Su mujer enmantecaba unos panes a su lado, con el delantal que no se había sacado del mediodía y que ya tenía puesto para la noche.
El hombre había trabajado duro desde la mañana y el mate cocido le ayudaba a recuperar fuerzas a la hora en que el sol amenazaba con esconderse.
Las sombras de los eucaliptos se alargaban casi hasta la quinta, el griterío de los horneros anunciaba que ya no llovía y los gatos lengüeteaban agua limpia en las cunetas.
1940 había empezado con todo, unos días antes de terminar el 39, el Graff Spee era hundido ahí enfrente nomás. Ahora, las radios contaban que París caía en manos de los alemanes.
El básquetbol de Uruguay le daba a Salustio una de las pocas alegrías. La celeste derrotaba a Argentina 25 a 23 y se consagraba campeón sudamericano.
En otras cunas, mas lejanas y arrullados con otros idiomas, dormían también recién nacidos, John Lennon allá por Europa y un negrito llamado Edson Arantes acá por América.
-Viene el Auto del Patrón, viene Auto del Patrón- gritó una y otra vez Estela- ¡Tío Salustio, viene el Patrón!
Con gallinas revoloteando por delante, con pavos y patos corriendo por los costados y el perrerío siguiéndolo de atrás, un hermoso Packard rojo del 35 frenaba entre una nube de tierra y plumas casi frente a la silla de paja en que Salustio estaba sentado.
Buenas tardes Patrón. ¿Qué lo trae por mi casa?
-Saludarte Salustio, saludarte- dijo Don César ayudando a bajar a Marcelito del Packard.

¿Y no nos vimos hoy en su negocio, Don César?- preguntó desconfiado Salustio.
-Sí que nos vimos, sí que nos vimos, pero…¿sabés que pasa?– dijo el patrón pasando el brazo por encima del hombro de su empleado, –¿sabés que pasa?– volvió a preguntar Don César invitándolo a caminar hacia el gallinero, por el sendero entre los cebollinos – que la mano viene brava. No es cierto que la guerra nos beneficie a todos. En mi caso es justamente al revés. Vamos a tener que apretarnos todos un poco el cinturón. Lo que te quiero decir es que no voy a poder seguir pagándote lo mismo que te pagaba antes. Vos me entendés Salustio. Es por un tiempo, apenas termine la guerra esto va a mejorar y aflojamos otra vez el cinturón. Hay que poner el hombro Salustio, son años difíciles– dijo Don César mientras su hijo Marcelito, en puntas de pie, se colgaba del catrecito, metía la cabeza y miraba de cerca a Juan, el hijo menor de Salustio, como esperando algo.
Capítulo II
Juan
Juan tomaba su segundo mate de la tardecita, sentado abajo del toldo, escuchando la spica, mirando dormir a Humberto en la cuna. Su mujer recién estaba terminando con la quinta.
El hombre había trabajado duro desde el amanecer y el mate le ayudaba a recuperar fuerzas a la hora en que el sol se ocultaba.
1970 había empezado con todo, a mediados del año anterior Armstrong pisaba la luna, en esos días en Argentina caía Onganía y un tornado arrasaba Fray Marcos. Ahora, la televisión contaba que en París moría De Gaulle.
Bernal e Iroldi en Pelota Vasca le daban a Juan una de las pocas alegrías. Le ganaban a los franceses 40 a 18 y salían campeones del mundo.
En otras tierras , mas lejanas y con otros idiomas, John Lennon se separaba de sus compañeros y el negro Edson Arantes –ahora Pelé- se juntaba en México, con Tostao , Jairzinho y algunos mas, vencían a Italia y se consagraban campeones del mundo. Uruguay era cuarto, pero pocos le daban importancia
-¡Viene el auto del Patrón, viene el auto del Patrón!-, gritó una y otra vez Gladys. –¡Tío Juan, viene el Patrón!-
Con gallinas por delante y el perrerío por atrás, un hermoso Peugeot negro del 68 frenaba entre una nube de tierra y plumas casi frente a la silla de cármica en que Juan estaba sentado.
Buenas tardes Patrón. ¿Qué lo trae por mi casa ?
Saludarte Juan, saludarte- dijo Don Marcelo, ayudando a bajar a Luisito del Peugeot.
¿Y no nos vimos hoy en su negocio, Don Marcelo?– preguntó desconfiado Juan.
Sí que nos vimos, sí que nos vimos pero… ¿sabés que pasa?– dijo el patrón pasando el brazo por encima del hombro de su empleado, -¿sabés que pasa?- preguntó Don Marcelo invitándolo a caminar hacia el gallinero– que la mano viene brava. Los líos en la Argentina nos perjudican. Vamos a tener que apretarnos todos un poco el cinturón. Lo que te quiero decir es que no voy a poder seguir pagándote lo mismo que te pagaba antes. Vos me entendés Juan. Es por un tiempo, apenas terminen los líos de Argentina esto va a mejorar y aflojamos otra vez el cinturón. Hay que poner el hombro Juan, son años difíciles.– dijo Don Marcelo mientras su hijo Luisito, en puntas de pie se colgaba de la cuna, metía la cabeza y miraba de cerca a Humberto el hijo menor de Juan, como esperando algo.
Capítulo III
Humberto
Humberto tomaba su segundo mate de la tardecita y sentado mirando el informativo cuidaba a Nicolás que dormía en un moisés. Su mujer no había vuelto aún del trabajo.
El hombre había trabajado duro desde antes del amanecer y el mate le ayudaba a recuperar fuerzas a la hora en que el sol ya se había ocultado.
El 2002 había empezado con todo, a mediados del año anterior habían tirado las Torres Gemelas , el Mercosur hacía agua y un tornado arrasaba Fray Marcos. Ahora la televisión contaba que Medio Oriente ardía.
El gordo Pua le daba a Humberto una de las pocas alegrías. Le ganaban a los australianos 3 a 0 y clasificaban a Uruguay para el mundial de Japón.
En otras tierras , mas lejanas y con otros idiomas, John Lennon era recordado al cumplirse 22 años de su muerte y el negro Pelé seguía manejando los hilos de una multinacional.
-¡Viene el auto del Patrón, viene el auto del Patrón!– gritó una y otra vez Shirley. –¡Tío Humberto, viene el Patrón!
Con el perrerío por atrás, un hermoso Mercedes gris metalizado, full equipe, cero kilómetro estacionaba casi frente a la silla de plástico en que Humberto estaba sentado.
Buenas noches Jefe. ¿Qué lo trae por mi casa ?
Saludarte Humberto, saludarte– dijo Don Luis ayudando a bajar a Albertito del Mercedes.
-¿Y no nos vimos hoy, Don Luis?– preguntó desconfiado Humberto.
-Sí que nos vimos, sí que nos vimos pero… ¿sabés que pasa?-, dijo el patrón pasando el brazo por encima del hombro de su empleado, –¿sabés que pasa?- volvió a preguntar Don Luis invitándolo a caminar hacia el patio de tierra y hormigón. –Que la mano viene brava. La devaluación de Brasil, los líos del corralito en Argentina y el tema de Estados Unidos nos perjudicaron mucho. Vamos a tener que apretarnos todos un poco el cinturón. Lo que te quiero decir es que no voy a poder seguir pagándote lo mismo que te pagaba antes. Vos me entendés, Humberto. Es por un tiempo, apenas terminen los líos de Argentina y Brasil esto va a mejorar y aflojamos otra vez el cinturón. Hay que poner el hombro Humberto, son años difíciles.– dijo Don Luis mientras su hijo Albertito, en puntas de pie, se colgaba del moisés, metía la cabeza y miraba de cerca a Nicolás el hijo menor de Humberto, como esperando que creciera fuerte y sanito.
Marciano Durán

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