CARRERA DESVENTURAS

La Barra, marzo del 2006.

Querido Tío Chito.

Presente.

De mi consideración:

Te escribo esta carta para contarte algunas cosas que me han pasado este mes.

El otro día me llamó Damián.

El tipo está casi tan loco como yo.

Pero vos sabés bien que yo le sigo la corriente a todo el mundo (y lo peor es que después no me arrepiento).

Me llama y me dice con su inconfundible acento español:

–Es el domingo a la mañana, hombre. No ha de ser muy difícil, seguro que nos va a ir bien.

–Pero… ¡vos estás completamente loco, Damián! ¿Alguna vez lo hiciste?– le pregunté sin entender bien que me estaba proponiendo.

–¡Que no, que no lo he hecho, pero que dicen que es muy fácil!

–¿Te parece Damián?–pregunté casi convencido– ¿A nuestra edad? ¿No estamos muy grandes para empezar con esto?

–¡¡Que no, hombre, que no!! ¡Que vas a ver que te encantará! De los que lo hicieron ninguno se ha arrepentido.

–¿Me estás ofreciendo matrimonio, Damián?

–¡No, hombre no! Te estoy invitando a hacer una Carrera de Aventuras en parejas.

–¿Y cómo es ese asunto?— pregunté empezando a interesarme.

–Se hace de a dos, hay que llevarse bien, hay que cuidarse y la clave está en llegar juntos.

–¿Vos no me estarás invitando a…?

–Vamos hombre, vamos, anímate que son sólo 20 kilómetros.

Vos sabés bien Tío, que en las maratones y la natación he resultado un verdadero fracaso, así que pensé que esta podía ser una buena posibilidad de reivindicarme ante vos y ante el resto de mi familia que tanta expectativa tienen en verme triunfar en algún deporte.

Dos días enteros pasé averiguando de qué se trataba.

Conseguí un folleto que decía:

“Sesenta parejas de todas partes de Uruguay y Argentina partirán desde la apacible playa Las Olas y correrán cinco escasos kilómetros por la plana arena contra el mar. Luego tomarán por sinuosos y sombreados caminos vecinales, pasarán por chacras marítimas y por el Club de Golf de La Barra. Diez kilómetros después llegarán a una ruta nacional, correrán por ella en la tranquilidad del asfalto, entrarán a un monte nativo y saltarán graciosamente algunos arbolitos tirados por el viento, tomarán un poco de agua cada tanto para refrescarse del sol que comenzará a dorar la piel, corretearán alegremente entre la pinocha sobre el suelo arenoso del monte, saldrán a otro camino vecinal y regresarán a las doradas arenas de la playa Bikini para disfrutar cinco kilómetros más de arena”.

¡Qué pavada esta carrera!

–Precisas una mochila con un botiquín con vendas, desinfectante, anti-inflamatorio, agua oxigenada…

–¿Quééé? ¿Un botiquín? Pero… entonces es más peligroso de lo que yo me imagino.

–¡Que no hombre, que no!– me dijo el gallego– No debes dejarte impresionar, el agua oxigenada ha de ser para teñirnos el pelo o algo así.

–¿Qué más?

–Tenemos que llevar un silbato por si alguno se pierde, agua para tomar durante la carrera y como dejan que uno remolque al otro hay que llevar un pulpo.

–Tenemos que ponerle un nombre al equipo.

–¿Vos que edad tenés Damián?–pregunté

–Cumplo 62.

–Y 49 míos son 111. Pongámosle de nombre “Los abuelos -111 años” y les dedicamos la carrera a nuestros nietos.

El domingo tempranito estábamos en la playa y tempranito nomás empezamos a ver a los otros equipos.

–¿Viste los lomos que tienen? Son perfectos, llevan musculosas drifit igualitas, mochilas Camel, calzas elásticas del mismo color, lentes con cristales de policarbonato.

Mirálos…tienen zapatillas Trekking Columbia con puntera externa de caucho, con mediasuela anatómica en EVA con XTS y suela de bajo perfil en caucho anti marcas Vibram.

Mirálos Damián, llevan Podómetro Radio Scientific con pantalla de dos secciones con cuentapasos, regulación de carrera y conversión de pasos en kilómetros.

Mirá esos otros dos, tienen calcetines técnicos Trail Running para carreras de montaña con puños especiales y elásticos en el tobillo y el empeine.

Pulsómetro con monitor de ritmo cardíaco con porcentaje de eficiencia del tiempo de ejercicio programado y cronómetro.

Mirá esos championes con Sistema I.G.S., malla en Gore Tex resistente al agua P.H.F. y suela Speva Trusstic.

Fijate los que están allá atrás, tienen un Garmin GPS 76 para cálculo de área, con antena exterior, microprocesador ARM y receptor WAAS, con cobertura del satélite geoestacionario Inmarsat III.

¡Nosotros no tenemos ni un reloj pulsera Damián!

Y lo peor es que tienen las espaldas cuadradas, las piernas de acero y un estado atlético como para subir el Everest. Parecen robots.

–Daremos todo—dijo Damián

–Daremos lástima, gallego.

Nos dieron un número 24 a cada uno.

En eso estábamos, colocándonos los números, cuando pasó un pinta de estos y le dijo al compañero:

–Mirá, 24 más 24 son 48. El muerto que habla, les dieron con el número.

–¿Qué quiso decir ese estúpido?—preguntó Damián que lo quería pelear.

–Nada, tranquilizate. No nos hagamos pegar tan temprano.

–Tenemos que llegar antes que ellos.

–Tenemos que llegar.

–Pero… ¿es que no has visto el folleto hombre? Es una pavada, corretearemos alegremente por la pinocha, las doradas arenas y los sinuosos caminos vecinales.

Aparte, tengo un plan: Arranquemos atrás de todos, cuando vayan a dar la orden de partida nos ponemos atrás.

–¿Y así ganaremos? –pregunté inocentemente.

–No sé, pero te aseguro que nadie nos pasará.

Salimos ante las cámaras de TV y los aplausos de la gente.

Las planas arenas me las están debiendo.

Los pies se me enterraban en las dunas y no tenía manera de avanzar.

Por alguna razón que no consigo entender los demás parecían Jesús caminando sobre el agua. En ese momento necesitaba más que nunca un remolque.

–Damián ¿trajiste el pulpo?

–Mejillones, traje mejillones, es lo más parecido que conseguí.

Lo quería matar, el sexagenario iba adelante mío conversando alegremente con los rivales y yo no conseguía desenterrar mis piernas de las “planas arenas”.

El primer kilómetro me había dejado sin aire y de las piernas había perdido esa parte que va desde los pies hasta la ingle.

Entre Damián, el marinero y un cuidacoches me ayudaron a llegar a los “sinuosos y sombreados caminos”.

“¿Sombreados?”

El sol te rajaba el cráneo.

Podrían haber fritado un huevo sobre mi cabeza.

A las dos cuadras me puse una toalla y le pedí a Damián que me pusiera un vaso con agua dado vuelta como vos me enseñaste Tío….para la insolación.

Estuvo bueno…pero se me volcó el agua que llevaba para todo el recorrido.

Lo de sinuoso era joda; las curvas eran tan pronunciadas que volvías al mismo lugar.

En una curva en la que mi compañero se me adelantó (como toda la carrera), me pasó agua de su botella, yo volviendo y él yendo (sacá la cuenta como era la curva).

No alcanzábamos a ver a nadie adelante, lo que nos daba la esperanza de ir primeros.

En el Club de Golf logré convencerlo de utilizar un autito de esos que usan los jugadores. Cortamos por el medio del campo y unos kilómetros después conseguimos salir “a una ruta nacional en la que correrán en la tranquilidad del asfalto”.

Dos camiones me hicieron vientito, a una moto la esquivé como pude y seis bicicletas me pasaron por arriba.

–Esto es muy ameno– dijo Damián.

–A meno que sea la Vuelta Ciclística. No paran de pasar. Esto es Rutas de América o algo así.

–Vamos, no te entretengas que creo que vamos primeros.

Como había llevado una radio chiquita me enteré que dos de los 120 competidores se habían perdido y varias patrullas de policías y bomberos comenzaban a buscarlos.

–Pobres—me dijo Damián– ha de ser gente inexperiente; si no estás apto no te puedes meter en esto. Vamos, tratemos de ganar esta carrera y después ayudemos a encontrar a esos infelices.

De pronto se nos terminó la ruta, “entrarán a un monte nativo y saltarán graciosamente algunos arbolitos tirados por el viento, tomarán un poco de agua cada tanto para refrescarse del sol que comenzará a dorar la piel”.

El agua empezaba a faltar en serio, no nos quedaba ni para lavarnos los dientes.

Los graciosos arbolitos tirados por el viento eran secuoyas gigantes de California, eucaliptos azules de dos metros de diámetro, fresnos de 150 metros de largo, enormes abetos canadienses, árboles que ya no existen más y algunos incluso que no existieron nunca.

“El sol comenzará a dorar la piel.”

¡A oradar! ¡El sol comenzará a oradar la piel!

En las piernas empezaron a aparecer grietas que permitían –casi, casi- ver el fémur.

¡Y ante mis ojos…una lagunita rodeada de palmeras!

Corrí hacia ella.

Es cierto, me extrañó ver un camello tomando agua.

Me tiré de panza, mientras mi compañero gritaba:

–¡Es un espejismo, no te tires, es un espejismo!

Damián me agarró justo cuando destapaba el frasco de agua oxigenada que me iba a tomar de un solo trago.

–¡¡Estás loco muchacho!! ¡Eso te quemará por dentro!

–¡Dejame, he tomado whiskies peores!– le grité y un ruido extraño me hizo cambiar de opinión. Era un helicóptero buscando a los dos perdidos.

Al caer la noche, el calor empezó a desaparecer, hacía frío y teníamos hambre. Buscamos en las mochilas y lo único que pudimos hacer fue vendarnos y ponernos anti-inflamatorio, pero lamentablemente no teníamos nada inflamado.

Te preguntarás para qué te escribo, Tío.

Primero para contarte que nunca pensamos que la carrera fuera tan larga.

Segundo para mandarte nuestra foto.

Tercero para que se la muestres a la policía a ver si son estos los dos infelices que se perdieron. Nosotros ya llevamos dos semanas “en la pinocha del suelo arenoso del monte” y casi que estamos seguros que no vamos primero.

Cuarto… para que me consigas la dirección del que hizo el folleto.

Marciano Durán

2006 Marzo

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