Debo estar loco, nadé la “Travesía de la Bahía”

El jueves sonó el teléfono temprano.

Era el tío otra vez.

Después de mis dos fracasos estrepitosos en las maratones, se acordó que yo de chico era bueno nadando en el Santa Lucía. Me contó que la gente se juntaba en la orilla para verme saltar desde el barranco de La Calzada y nadar entre los sarandíes.

–Y ahora el destino te trajo a Punta del Este. Lo tuyo fue siempre la natación. Creo que me apuré cuando te impulsé a las maratones. Vos tenés que correr y nadar.

–¿A la vez? –le pregunté algo nervioso.

— ¡Nooo! El domingo es la Travesía de la Bahía en Punta del Este. Dale, animate, son sólo 500 metros.

–Pe-pe-pero… así… ¿sin entrenar?

–Yo esa travesía la hice en el 80 y casi la gano. El domingo temprano te explico algunos secretos de la natación. ¡Vas a ser el uno, acordate, vas a ser el uno!

El domingo a las ocho llegué al muelle de la Parada 4.

Enseguida empecé a ver algunas espaldas bastante más anchas que la mía.

De hecho resolví quedarme con la camiseta puesta hasta el momento de la largada.

Lo primero que me llamó la atención fue el estado del mar: una tabla.

Ni una ola… ni siquiera chiquita.

¡Este era uno de los cambios esperados!

¡El año anterior con el gobierno de Antía el mar estaba imposible!

¡Sacaron a una cantidad de nadadores del agua, no se podía avanzar, había olas de cuatro metros!…y ahora: ¡El Flaco y Araujo prepararon la pista!

Estos son gobiernos que saben hacer las cosas.

¡¡La San Fernando corrida al revés, el corso fuera del centro y ahora esto de la bahía!!

Si todo anda bien el Festival del Olimar será a orillas del Cebollatí.

La procesión de San Cono desde la Piedra Alta hasta la capilla Santa Teresita.

El Festival de Santa Teresa en el Fortín de San Miguel.

La Semana de Paysandú en Las Piedras y el Desfile del 18 de Mayo a puertas cerradas en la Rural del Prado.

Pa’ cambiar.

Cuando nadie me veía me saqué la camiseta y me fui a calentar lejos de tanto músculo. Agarré el número y los alfileres para colocármelo.

Pero… ¿dónde?

En eso estaba, mirándome el pecho, con los alfileres en la mano, rascándome la nuca, a punto de convertirme en un faquir de la natación, cuando apareció el tío.

–¡Parááá´, no seas bruto!– me gritó– andá que están pintando los números en los brazos. ¡Con todo, eh! ¡En los primeros 500 metros tratá de separarte del grupo, es importante quedar adelante desde el principio porque si no te matan a patadas, separate de Queipo, de Pifaretti y de Levrero.

–Tío

—Cabrera, ojo con Cabrera que si lo tenés adelante te arranca las muelas a talón limpio… y después te cobra para ponértelas.

–¡Tíoo!

—Hay un botija del Campus, Matías, fijate que no…

–¡Tííííoooo! ¡¿Los primeros 500 metros?! ¿No eran 500 en total?

–Me equivoqué, son 5000 metros. ¡Pero dale que es lo mismo!

Me fui para un costado a hacer yoga como hago antes de cada carrera y se me apareció mi santa madre que siempre se acuerda de las cosas importantes. Me trajo un vascolet calentito, un traje para nadar que me hizo con bolsas negras de residuos, un palillo de ropa para la nariz y un par de patas de rana caseras hechas con dos asaderas pegadas a las botas de goma.

–Es por las aguas vivas y por la hipotenusa –me dijo mi santa madre que de esto sabe poco.

–La hipotécnica– le corregí.

No le quise decir que no usaría nada de eso porque lo importante era el gesto.

–¡Y estos lentes de soldar!– me gritó cuando me iba– no te conseguí lentes de nadar pero estos van a remediar. ¡Y ponete esta gorra que te hice con un guante de goma!

Los brazos y las espaldas de mis adversarios eran de no creer. En el biscep le escribían los números con un marcador.

26.436 le pusieron a uno que estaba antes que yo… y le sobró músculo.

35.716 al siguiente.

48.973 a un pelado grandote.

Cuando me tocó a mí, me quisieron hacer el número 18 pero con el 1 ya se quedaron sin brazo.

Me acordé de las palabras del tío: “Vas a ser el uno, acordate, vas a ser el uno”

Ahí viene el “Gallo de Maldonado”– dijeron unos muchachotes rapados.

–¿Cuál es el “Gallo de Maldonado”?– pregunté

–Vos –me dijeron.

Al principio me pareció un sobrenombre algo estúpido. Podría haber sido el pollo, o mejor aún: el Delfín de Maldonado.

–Señor… es por el guante que tiene puesto en la cabeza—me dijo una chica muy bonita.

Vi que unos a otros se ponían vaselina en todo el cuerpo, así que volví a donde estaba mi santa madre y le pregunté si me había traído vaselina.

–Grasa para las tortas fritas—me contestó—es lo más parecido que conseguí. Y me untó con las dos manos en todo el cuerpo.

El agua estaba helada, me metí de una para hacer más rápido el trámite.

Un juez me dijo que no podía usar alitas inflables, así que recurrí a uno de los trucos del tío: me puse bombitas de agua infladas con aire dentro del short, lo que me hacía flotar con bastante facilidad.

Cuando dieron la señal de partida nadé a gran velocidad, braceé con desesperación a la vez que pataleé con toda mi fuerza. Las pequeñísimas olas que llegaban me volvían a dejar en el mismo lugar por lo que se me despegó bastante Queipo, Pifaretti, Cabrera y las asaderas.

Empecé nadando croll y antes de llegar a la primera boya ya me había gastado todos los estilos. De croll pasé a espalda, de espalda a pecho, de pecho a mariposa y después de mariposa tuve que acudir al viejo y querido estilo perrito que tantas satisfacciones me diera en mi pueblo.

Cerca de la primera boya un cangrejo se me metió en el short y me explotó las bombitas por lo que cada tanto me hundía y sacaba un brazo como podía. Me volvía a hundir, sacaba los dos brazos y me hundía otra vez. Sacaba la cabeza y después una pierna. En eso estaba, ahogándome, cuando un tipo de una lanchita me preguntó que estaba haciendo.

–Nado sincronizado– le dije– ya usé todos los estilos y ahora descanso un poco con el sincronizado.

Llegué a la primera boya como pude, me abracé de ella y quise quedarme a vivir allí. La mayoría de los competidores habían dejado atrás la cuarta boya.

Cuando mis fuerzas se empezaban a agotar empecé a pensar que en cualquier momento llegaría al puesto de hidratación y por lo menos descansaría.

¿Habrá puesto de hidratación?

Ese era el problema más importante: no podía descansar.

En la San Fernando cada vez que me cansaba, elegía un lugar con poca gente y paraba un poco.

Acá las dos veces que paré para descansar casi me ahogo.

Recordé las palabras del tío “En febrero hay algunas aguas vivas”.

¿Algunas? Podría haber caminado sobre ellas.

Me rodearon.

Las blancas ovaladas, las violetas picadoras, las de la cruz roja, las babosas chupadoras, las marrones lanzallamas, las gigantes fosforescentes, las medianas venenosas, las chiquitas mordedoras… todo era agua viva.

Ahí puse en práctica otro de los trucos del tío. Cuando parecía que estaba perdido utilicé el “Plan Propulsión”. Está basado en una dieta rica en porotos, lentejas, garbanzos, repollo y brócoli. El sistema es el mismo que utilizan los cohetes cuando parten de Cabo Cañaveral. La emisión de gases con fuerza hacen que el vehículo se impulse a mayor velocidad, la fórmula sería: “cuanto más poroto… menos aguaviva”.

En realidad no conseguí impulsarme casi nada, pero no quedó ni una agua viva…viva.

Llegué con lo justo a la tercera boya; la ventaja esta vez era que por primera vez no me ganaría ningún keniata; es más, creo que por categorías me tocaría algún premio.

Eso me impulsaba.

Eso y las lentejas.

Seguro que en categoría 40 a 49 años, masculino, residente en Punta del Este, hincha de Ituzaingó y de River, apellido con D y abuelo debería obtener algún trofeo.

Calculé que no deberíamos haber muchos inscriptos en esa categoría.

Cuando empezaba a dar claras señales de destrucción vi que venía una moto de agua.

Le hice dedo.

Le pregunté para donde iba y le pedí que me arrimara unas cuadras.

El tipo tenía voluntad de ayudarme, pero la grasa de la torta frita hacía que me le resbalara cada vez que estaba a punto de sentarme. Cuando conseguía sentarme, seguía para el otro lado y otra vez al agua.

Después de varios intentos consiguió subirme y conversando conversando me di cuenta que iba para el otro lado, a la Parada 38.

Me bajó en la 27 y tuve que esperar como una hora que me levantara otro para arrimarme hasta la 6.

A Queipo ya vi que no lo alcanzaba.

Levrero, Cabrera y Pifaretti seguro que cortaron camino, porque estos se la conocen todas y hacen cualquier chanchada con tal de ganar.

Faltando 1.500 metros completé nueve horas 15 minutos.

Supuse que ahora vendría alguna bajada, porque hasta ahora había sido todo repecho. El mapa es claro en ese aspecto, la isla queda para arriba o sea que cuando volvés es como agarrar la bajada del cerro en la San Antonio.

Vi dos boyas chicas y resolví agarrarme a descansar un ratito.

Era la parte superior de una señora haciendo la plancha.

Los golpes me ayudaron a nadar más ligero.

Llegué… con mil sacrificios, pero llegué.

Ya estaban apagadas las luces del Conrad y salían los empleados del turno de las 8 de la mañana.

Los gritos de los recolectores de residuos se confundían con las gaviotas que saludaban al sol recién nacido.

Los nuevos edificios proyectaban gigantescas pantallas de sombra en la arena.

Los sombrilleros empezaban a agujerear la playa.

No había casi nadie para aplaudirme.

A lo lejos…¡¡Sííí, mi santa madre, mi mujer y el tío me hacían señas desde el muelle!!

Levanté los brazos para saludar que llegaba como hago en las carreras y casi me ahogo.

Me internaron.

Por precaución, sobre todo porque no conseguían determinar si el color morado era de la hipotermia, de las aguavivas o que siempre fui así pero nunca me había lavado tanto.

Este deporte tampoco es el mío.

Seguiré probando.

Marciano Durán

2006 Febrero

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