DISCURSO A AITANA ALBERTI

Cuando nacía tu padre Aitana -ese mismo día- nacía un poeta vasco y ferroviario que me serviría de abuelo durante muchos años.

Era el año dos del nuevo siglo (del viejo siglo) y  el viejo Yaurretche veía los mismos cielos de la madre patria.

La vida lo llevó después a mi pequeño pueblo.

Y a mí me tocó nacer junto a su casa, así que apenas nací resolví adoptarlo  como abuelo.
El y Doña Luisa en una casa ferroviaria con escalera a la vía  y tobogán a la vida.

Y yo también (hijo de ferroviarios)  en una casa igualita, cerquita del tren y muy lejos del mar.

Se llamaba Yaurretche, era poeta, era manco y era vasco.
Y me leyó cada noche a Alberti. 

Mira Aitana, solo para ubicarte en los tiempos: el dia que yo nacía tu padre publicaba Noche de Guerra en el Museo del Prado.
Pero yo ni me enteraba.

Era agosto y era el 56.

Florida  -mi pueblo-  quedaba mucho más lejos que ahora de Madrid y Velazquez era un viejo almacenero de mi barrio.

Pero Alberti -porfiado- se paseaba por mis calles de tierra y mis vias de acero una y otra vez.

Para entender mis sueños, para masticar mis broncas, para administrar mis amores.

Fue el viejo Yaurretche el que me trajo sus primeros versos.

Los de él y los de Lorca y los de Aleixandre y los de León Felipe, pero especialmente los de Alberti.

Yo ni siquiera sabía escuchar todavía.

Pero el vasco me los leía igual.
-Algo le va a quedar, le decía a mamá cuando me devolvía a la noche.

“Que no me digan a mi
Que el canto de la cigüeña
No es bueno para dormir.
Si la cigüeña canta
Arriba del campanario
que no me digan a mi
Que no es del cielo su canto.”
 
…me decía el poeta ferroviario. Y yo me dormía en un enorme sillón azul que me quedaba grande,  escuchando la voz vieja del vasco y la voz nueva del andaluz que me quedaban mas grande aún.

Y me decía mas.

“El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre, 
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste 
del mar?
En sueños la marejada 
me tira del corazón; 
se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste 
acá? 
Gimiendo por ver el mar”

Y me hablaba del mar, y trataba de explicármelo.
Faltaría mucho para que llegara Galeano a pedir ayuda para mirar tanta agua.

Cada noche al dormir, intentaba imaginar el mar de Alberti.

En realidad…seguro que era otra mar.

Seguro que  mi abuelo adoptado se dormía cada noche  soñando con  Vizcaya, seguro que le robaba los mares a tu padre para enamorarnos a nosotros…. sus nietos geográficos.

Así, que allá en Florida, con muy poquitos años empezamos a soñar  desde el río de palomas tristes y mojarras buenas, con un mar vasco y andaluz.

 
Cuando llegué a la escuela, Alberti cumplía 60 años y se iba a Roma. Y le hablaba. Le decía cosas  fantásticas:

“Dejé por ti mis bosques, mi perdida 
arboleda, mis perros desvelados, 
mis capitales años desterrados 
hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida, 
un resplandor de fuegos no apagados, 
dejé mi sombra en los desesperados 
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río, 
caballos sobre el sol de las arenas, 
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío. 
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, 
tanto como dejé para tenerte.”

 
Pero el  delay hacía que a mi infancia le estuvieran llegando otras poesías.
Dichas antes, mucho antes.

Llegué a la escuela de moña azul y cachetes rojos. Estrenando nervios y cuadernos pero veterano en poesías.

Escuela grande de pueblo chico, con democracia y sin televisores todavía.

Y cuando llegué de la mano de mi padre…. allí estaba tu viejo Aitana, esperándome en medio del salón enorme.

Escondido dentro de un libro de hojas amarillentas y tapas verdes, que quise más que a nada en aquellos días de cantos y de cuentos nuevos.

Fue en la vieja escuela cuatro, allí estaba  el primer libro que nos trajo las voces importantes del paisito y del mundo.

Cuento y Canto.

Celeste verdoso, pesado para nuestro portafolio y nuestros pocos años, con la cara de un niño rubio en la tapa, un gaucho y un barco en un mar que yo no conocía, una mariposa y la gama ciega de Quiroga.

Allí estaba Juana, Gabriela y Rodó.

Allí estaba tu viejo.

“¡Jee, compañero, jee, jee! 
¡Un toro azul por el agua! 
¡Ya apenas si se le ve!

—¿Quééé? 
—¡Un toro por el mar,jee”

Allí estaba una vez más el mar.

Y ahora no era el vasco Yaurretche el que me hacía dormir.
Ahora  era tu viejo el que empezaba a despertarme de la mano de mi querida maestra Filadelfia Lerena de León.

¡Un toro azul por el agua!

Una vez mas Alberti me tendia emboscadas en una bocacalle de mi vida chiquita.

Hasta que me llegó el amor temprano y adolescente. 
La hija de otro vasco.

Y acudí a poesía ajena mientras me iba animando  con la mía.

38 años después la vasca chica (enamorada a fuerza de poemas) sigue pariendo nietos a medias con este ex-ferroviario.

 
“Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
aún yéndote, mi amor, jamás te irías.”

¡Qué maravilla, qué manera de decir!

“Se fue. 
Se fue, doblando las calles. 
Mi cuerpo anduvo, sin nadie.”

Un dia sin que nos dieramos cuenta, tu padre apareció en Florida con forma de disco y de canción.

Eran las voces que mas nos marcaron en aquellos años de pelos e ideas largas y libertades cortas.
Agua Viva.

Era la casa mágica de Ana María y León.

Allí nos conocíamos los floridenses, allí nos enamorábamos, allí crecíamos, allí resistíamos-.

“¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?

Cantan con voz de hombre
Pero, ¿dónde los hombres?
Con ojos de hombre miran
Pero, ¿dónde los hombres?
Con pecho de hombre sienten
Pero, ¿dónde los hombres?

Cantan, y cuando cantan parece que están solos
Miran, y cuando miran parece que están solos
Sienten, y cuando sienten parece que están solos

¿Es que ya Andalucía se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces no hay nadie?
¿Que en los campos y mares andaluces no hay nadie?

¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta,
Quien mire al corazón sin muros del poeta?
Tantas cosas han muerto, que no hay más que el poeta

Cantad alto, oireis que oyen otros oídos
Mirad alto, veréis que miran otros ojos
Latid alto, sabréis que palpita otra sangre.”

Aquella poesía del 50 llegaba 25 años después para que nosotros en plena dictadura empezáramos a preguntarnos por las voces de nuestros poetas.

Para no dejar solos  a Mario, a Eduardo o a Daniel. 

Asi fue que cada casa de mi pueblo se llenó de la voz de tu padre, Aitana.

“Creemos el hombre nuevo cantando,
el hombre nuevo de España cantando,
el hombre nuevo del mundo cantando.
Canto esta noche de estrellas
en que estoy solo y desterrado.

Pero en la tierra no hay nadie
que esté solo si está cantando.

Al árbol lo acompañan las hojas
y si está seco ya no es árbol;
al pájaro, el viento, las nubes,
y si está mudo ya no es pájaro.
Al mar lo acompañan las olas
y su canto alegres los barcos,
al fuego, las llamas, las chispas
y hasta las sombras cuando es alto.

Nada hay solitario en la tierra
creemos el hombre nuevo cantando.”

Y porque a pesar de la oscuridad de aquella década creíamos en el hombre nuevo, buscábamos las voces de los poetas que nos empujaran, que nos proponían salidas.
Y resistimos una y otra vez en la voz de una agua viva prohibida por Franco en España y acá por los franquitos uruguayos.

Y cuando el pueblo nos ajustaba, cuando el pueblo se movía muy poco…

“Se mueven, pero están quietos,
y el mundo sigue girando.”

Ese día resolvimos salir a buscar el mar del viejo Yaurretche y del viejo Alberti.

Y como tu padre  -Aitana- nosotros también nos vinimos a Punta del Este. Trajimos una cama y una hija (todo lo que habíamos obtenido a medias) para empezar otra vez. 
Esta vez frente al mar.
A solo 50 metros de un  mar que de tan grande nos obligaba a mirarlo entre dos.
 
“Yo estoy quieto,
Pero el mundo dentro de mi está girando.”

“Fue cuando comprobé que murallas se quiebran con suspiros
y que hay puertas al mar que se abren con palabras.”

Y me tocó a mi por esos días, pedirle  a la Roma uruguaya que me devolviera lo que dejé en Florida.

Y otra vez Alberti se nos cruzó sonriente… esta vez en un lugar probable: una librería-

En realidad corría el 77 y él regresaba a la otra España, oliendo a caña, tabaco y brea. Sin embargo, estando allá,  no sé cómo se nos volvió a atravesar acá.
En una librería de la calle Gorlero.
Hoy no existe, pero en esos años era imposible no entrar a deleitare en sus estantes.
Fuimos con Mary Carmen, solo a mirar.
No teníamos un peso para artículos suntuosos.

El librero, pipa en mano, nos preguntó qué queríamos.
-Mirar, solo mirar, contestamos.
-¿Mirar en un comercio en Punta del Este? Acá se compra, nos dijo.
Y le explicamos que entre comer y leer, elegíamos comer. (Para poder leer algún día.
Y nos regaló “Poemas de Punta del Este”.
Y nos regaló a León Felipe, a Vicente Alexandre, a García Lorca y a Neruda.
¡Nos regaló 30 libros!
¡No podíamos creerlo!
Conversamos con cada uno de ellos.
Conservamos cada uno de ellos.
Ese día, en la nueva torre abandonada, teníamos mas libros que comida.
Hoy comemos poesía, dijimos a duo.

“Si mi voz muriera en tierra, 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera. 
Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra. 
Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazon un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento una vela!”

Un día se metió en casa.
Acá cerquita, esta vez se metió adentro de un radio-grabador con la guitarra de Paco Ibañez.
Y nuestros hijos se empezaban a sumar al auditorio.

“¡A galopar, a galopar, 
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan 
las tierras de España, en las herraduras. 
Galopa, jinete del pueblo, 
caballo cuatralbo, 
caballo de espuma.

¡A galopar, a galopar, 
hasta enterrarlos en el mar!”

Un domingo de lluvia, sin golpear ni limpiarse los pies, se  apareció a casa de la mano del nano.
Estábamos cenando con los niños, y se nos metió en la mesa.
 
  “Por ir al norte fue al sur, 
creyó que el trigo era el agua. 
 Creyó que el mar era el cielo 
que la noche la mañana. 
Que las estrellas rocío, 
que la calor la nevada. 
Que tu falda era tu blusa, 
que tu corazón su casa. 
(Ella se durmió en la orilla, 
tú en la cumbre de una rama.)”

Y después… después vinieron los nietos.
Y regresaron con ellos los lagartos de Lorca, que recitó tu padre, Aitana.
Allá al principio, le habíamos puesto música para nuestros hijos.
Y ahora se dormían los hijos de nuestros hijos.
Con los anillos que nunca tuvimos.

“Han perdido sin querer 
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo, 
ay, su anillito plomado!”

Y nunca fuimos a Granada, pero sin embargo, tengo la sensación de haber vivido allí.

Eso quería decirte Aitana.
Que tu padre se ha estado metiendo en mi vida.
En nuestra vida.
Y que lo sigue haciendo a diario.
Que cada vez que salgo a trotar, y paso por La Gallarda…

“Vuelvo a encontrarlo, vuelvo
a sentirlo tan mío
después de tan alegres y cansados
recorridos por tierras veneradas
que eran mi vida antigua,
la clara vida cuando mis cabellos
al sol volaban libres, sin temores.”
 

Mira Aitana… 

“Nada como sentirse comprendido,
enlazado, mezclado, arrebatado
por este misterioso idioma de los bosques,
de la mar, de los vientos y las nubes.”

Gracias Aitana por permitirme contarte como un par mojarras pudieron tragarse a una ballena.
Que en definitiva, era eso lo que esta mojarrita quería contarte.
Bienvenida a tu casa Aitana.

Marciano Durán
Octubre 2012

 

 

 

 

 

 

 

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