EL DOMINGO FUI A LA PLAYA

Hacía tiempo que no iba a la playa.

Creo que le pasa a mucha gente… es como el síndrome del ginecólogo: uno trabaja donde los demás disfrutan.

Trabajar en Punta del Este tiene eso, la playa es más de lo mismo, se parece demasiado al trabajo y uno termina prefiriendo algún descanso distinto: el monte, las termas, unas cañas en algún arroyo o simplemente una siesta.

Es como si el carnicero se tirara en un perezoso en la cámara frigorífica en el día libre, como si un bombero le prendiera fuego al galpón del fondo para poder apagarlo el domingo o como si el tipo de la calesita se subiera a los caballitos durante la licencia.

Por eso no voy nunca.

Como si fuera poco uno está trabajando a mil por hora y de golpe… aparecés ahí sentado, sin hacer nada, sin saber qué hacer con tanto tiempo a tu favor.

Porque uno sabe que ese descanso es de mentira, que dentro de un rato hay de empezar otra vez.

Imaginate que venís en una carrera de bicicletas subiendo el Repecho de Ramallo, y que en la mitad del repecho viene un tipo, te para, te dice que te tirés a la sombra de los eucaliptos contra la banquina y cuando vas a apoyar la cabeza en las raíces, el tipo te dice… “bueno…vamos que seguimos”.

Eso me pasa… que estoy en el medio del repecho y antes de irme para los eucaliptos prefiero terminarlo.

Pero mi mujer insistió.

–Ponete las chancletas para bajar, la arena está caliente.

–¿Caliente? cuando era niño jugaba descalzo en la calle en pleno verano, las chancletas que se las pongan tus hijos.

A los diez metros empecé a caminar un poco más ligero.

A los veinte arranqué a correr con los talones.

A los treinta empecé a correr en puntas de pié.

A los cuarenta metros paré, hice un pozo hasta que encontré arena mojada y metí los pies.

Los últimos diez metros los hice talón-dedo gordo, dedo gordo-talón.

Hacía tiempo que no iba a la playa.

Lo primero que me llamó la atención fue que no conseguí encontrar el muelle por ningún lado.

Caminé desde la parada 12 a la 35 y no lo encontré.

Ni los baños de Las Delicias, ni el Autocine de la 13.

Me acomodé abajo de la sombrilla y desde allí empecé a observar el panorama.

A mi derecha una loba de aquellas trataba de tomarse todo el sol.

Boca abajo, parte de arriba del traje de baño desabrochado, parte de abajo metida en los lugares de veraneo. Enseguida me hice una película en la que la protagonista escuchaba que la llamaban y se paraba olvidándose que tenía el traje de baño desprendido.

Como la película no empezaba preparé un plan.

Uno: saqué del bolso un diario Clarín que tiraron en el hotel. Lo traje para hacer un poco de facha, no es lo mismo leer Clarín que La República o La Juventud.

Dos: Lentes de sol para que nadie vea para donde apuntan mis ojos.

Tres: Apenas me mire le voy a decir con voz de locutor de FM: “Qué raro, no sabía que dejaban bajar camiones a la playa”.

En eso estaba cuando escuché la voz de mi mujer:

–Te equivocaste de lentes viejo, si no te ponés los de leer no vas a ver ni los camiones.

Por las dudas no le contesté, porque a veces me parece que pienso en voz alta o que después de tantos años me lee el pensamiento.

Por la arena mojada pasaba un veterano que no se decidía si quería esconder o mostrar.

Poco pelo al medio de la cabeza pero bastante al costado derecho, que no se lo cortaba para poder pasárselo por la pelada y llegar a la otra oreja simulando una especie de capa asfáltica poco consistente. Y ahí se quedaba, entre que te muestro la pelada o te la escondo. La cara mientras tanto demostraba un importante esfuerzo por esconder la barriga lo que lo obligaba a caminar en silencio y casi sin respirar.

Donde no tenía ningún prurito en mostrar era justamente en la zona del prurito.

¡Era un calzoncillo! Mi mujer decía que era una malla pero era más chico que el más chico de mis calzoncillos.

Allí andaba, paseándose descaradamente, mostrando sin pudor un prurito bastante venido a menos, de la mano de una mujer que de atrás tenía alrededor de 25 años y de adelante 65. Me acordé de una frase de mi infancia “De atrás liceo, de adelante museo.”

Se levantó un vientito, la sombrilla se me voló y casi le sacó un ojo a una veterana que tomaba mate, comía bizcochos, pelaba ciruelas, jugaba a las cartas, hablaba por celular y se limaba las uñas. Yo no consigo hacer más de una cosa a la vez cuando me sacan de mi hábitat.

Cuando me levanté a buscar la sombrilla y a disculparme, me chistó un botija:

–¡Jefe! Nos falta uno para el picado.

–Ya vengo vieja– me coloqué un gorrito y salí para el picado

–¿De nueve?–pregunté.

–De palo– me contestó un petiso.

–¿Cómo de palo?

–Falta un palo jefe, póngase ahí, a tres metros de esa chancleta.

Un pecoso me pidió que levantara mi brazo a manera de travesaño porque había muchas dudas respecto a la altura que pasaba la pelota.

Fue un partido aburrido, casi sin jugadas de importancia salvo por los cinco tiros en el palo.

Yo.

Volví colorado, con la marca de la pelota en el cachete, un redondel violeta a la altura del hígado y el ojo izquierdo que se hinchaba y deshinchaba como el cuello de los sapos de Nacional Geographic.

En la costa un especialista en sacar aguavivas procedía a retirar la número ochenta. Por un momento pensé que podía ser algún cargo nuevo de Director de Aguavivas que hubieran incluido en el presupuesto quinquenal, pero mi padre me dijo que no, que el señor de traje de baño verde las había estado sacando toda la mañana.

Una especie de defensor del bañista.

Las agarraba con maestría desde la parte superior, mientras los niños miraban asombrados y las señoras blancas de febrero comentaban la valentía del buen hombre.

Las “arrastraba” por el agua sin sacarlas y cuando estaba cerca de la orilla las levantaba sin que se les rompieran y con las babas colgando las enterraba en un pozo que él mismo hacía con la otra mano.

Así… 80 veces.

Un verdadero profesional.

Mi mujer me descubrió mirando una de las ópticas delanteras del camión y me dijo:

–Los chiquilines quieren un choclo.

–En casa, con el puchero.

–¿Qué?

–Que cuando lleguen a casa comen puchero. ¡Mirá si van a comer choclo en la playa! ¡Me viste cara de bobo! ¿Cómo está el agua?

–La salida está preciosa– dijo mi hijo

–Entonces salgamos– le dije.

–Primero metete viejo, daaaale. ¡Dicen los niños que la salida está preciosa!

–Eso es una manera de decir que el agua está helada. ¡Si la salida está preciosa, es porque el agua está helada!

Y arranqué, con más dudas que certezas.

No conseguí avanzar mucho porque un señor, su esposa y sus hijitos habían armado una especie de campamento con dos sombrillas, una carpa con piolas, unas lonas haciendo de pared, tres heladeras, mesas, sillas, televisor portátil, cochecito, dos sandías y tres niños durmiendo.

Cuando pensé que estaba llegando al agua me encontré con una barrera difícil de traspasar: las sombrillas y las reposeras del edificio de enfrente.

En primera fila, sobre la arena, todas igualitas, las sombrillas colocadas estratégicamente a la mañana temprano no dejaban pasar a nadie y mucho menos ocupar un pedacito de arena junto al agua.

Me fui al agua a estrenar el traje de baño que me trajo Papá Noel.

–¡El abuelo se puso mis flotadores!– gritó mi nieta.

–Es así– dijo la bruja– tu abuelo es así.

Cuando mis pies tocaron el agua, mi cuerpo quiso volver.

Recordé las sombrillas del edificio, el tipo del campamento, los chiquilines del picado y la temperatura de la arena y arranqué para el agua.

En realidad lo que me convenció a seguir fue mi necesidad impostergable de orinar.

Alcancé a ver una aguaviva flotando a mi derecha.

Por un segundo se me pasó por la cabeza presentar una queja al tipo de short verde.

Iba entrando al agua despacito, centímetro a centímetro, milímetro a milímetro.

Cada centímetro que el agua me mojaba las piernas producía convulsiones y espasmos.

El camión se bañaba a pocos metros de donde yo estaba.

Avanzaba en cámara lenta de la mano de mi mujer, cuando un nene –¡qué rico!– se tiró a mi lado y me salpicó hasta el alma.

Vi que el camión presenciaba la escena, tragué saliva, no me inmuté, disimulé y dije fuerte:

–¡Cáspita, este niño me ha salpicado! ¡Qué pillo!

Cuando al agua llegó un poco más arriba de las rodillas y un poco más abajo del traje de baño sabía que vendría lo peor. Resolví afrontarlo con serenidad. A mi lado los niños, las niñas, los ancianos, los bebés y las mujeres disfrutaban del Perito Moreno.

–Mirá- dijo mi mujer– un crucero enorme en la bahía.

Lo miré, me distraje y una pequeñísima ola de no más de cinco centímetros fue suficiente para llegarme a la zona del prurito.

Hay pocas zonas más jodidas que esa para un deshielo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no tuve más remedio que meterme hasta el cuello en el agua congelada..

Lo peor ya se había mojado.

Oriné con la sensación que toda la playa se estaba dando cuenta de lo que hacía.

Cuando fui a salir, noté que todos me miraban e incluso algunos comenzaban a aplaudir. Pensé que se había perdido un niño.

Mi hijo llegó corriendo como pudo.

–¡¡El traje de baño!! ¡Papá, el traje de baño!!

–Si, ya sé, me queda bien.

–¡¡No papá, se transparenta todo!!

Volví al agua, nadé y nadé para no volver nunca más.

Ningún lugar sería peor que esa maldita playa.

Nadé tanto que llegué al crucero.

Me subieron con una piola.

–Bienvenido –dijo el capitán delicadamente.

–¡Bienvenido al Crucero Gay, morocho!– gritaron 700 muchachos a coro, mientras me miraban el traje de baño que me trajo el cretino de Papá Noel.

Marciano Durán

2006 Febrero

CategoríasSin categoría

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *