EL SABADO FUI AL DENTISTA

Hace 20 minutos que estás en el baño Nelson- dijo mi mujer acercando su cara a la puerta cerrada – ¿Te pasa algo?

-Mmmmm, mfhe escoy mavandlo nos mientes- contesté desde adentro escupiendo el agua en el lavatorio.

-¿Otra vez te estás lavando los dientes? Vos andás en algo raro Nelson. ¿No te habrás cambiado el calzoncillo esta semana también, no? ¿En que andás Nelson? ¿Te estás viendo con alguien?

-Shiiii, mbe esboy miendryo pon un bentischa!!- le grité enjuagándome la boca.

-¿Que qué?

-¡Qué me estoy viendo con un dentistaaaa!!!!- grité revisándome los molares y los premolares.- ¡Lo que pasa es que el tipo me va a mirar y me va a revisaaar! Si me encuentra algún pedazo de cadáver de pollo o de cordero me va a querer matar. Por las dudas me los lavo otra vez.

Hace 20 minutos que estás en el baño Nelson- dijo mi mujer acercando su cara a la puerta cerrada – ¿Te pasa algo?

-Mmmmm, mfhe escoy mavandlo nos mientes- contesté desde adentro escupiendo el agua en el lavatorio.

-¿Otra vez te estás lavando los dientes? Vos andás en algo raro Nelson. ¿No te habrás cambiado el calzoncillo esta semana también, no? ¿En que andás Nelson? ¿Te estás viendo con alguien?

-Shiiii, mbe esboy miendryo pon un bentischa!!- le grité enjuagándome la boca.

-¿Que qué?

-¡Qué me estoy viendo con un dentistaaaa!!!!- grité revisándome los molares y los premolares.- ¡Lo que pasa es que el tipo me va a mirar y me va a revisaaar! Si me encuentra algún pedazo de cadáver de pollo o de cordero me va a querer matar. Por las dudas me los lavo otra vez.

-¿Otra vez, Nelson? Te estoy escuchando ¿Te empezaste a lavar los dientes otra vez?

-Mpchacbbhsf -le contesté y le volví a dar al cepillo.

Iba a masticar un chicle pero me dio miedo de que el tipo se avive y llamara a su secretaria diciendo: “¿Ves?… este el tipo que te había contado. El que tiene la boca hecha bolsa. Llamate a los colegas de la facultad, me gustaría que vinieran a ver esto. ¿Ves ahí? No… al lado, al lado del pedazo de muela. No… no… contra lo que le queda del canino verde-yerba … ahí … atrás de ese pedazo de repollo…ahí…ahí se alcanza a ver un chicle de banana.”

El viaje hasta el consultorio fue más largo que un viaje a Rivera…en tren. No me animé a masticar chicles. No es que le tenga miedo al dentista, ni siquiera me pone nervioso, pero debo reconocer que durante el viaje me imaginé que suspendían la consulta porque: a) Se cortó la luz desde la línea del Ecuador para abajo. b) Amenaza de bomba de un grupo árabe con caries mal curadas c) Aviso de un tsunami uruguayo d) Consultorio cerrado debido a que un asesino en serie mató media docena de dentistas.

En el consultorio me senté cerca de la puerta por si se confirmaba lo del tsunami.

Miré el revistero y agarré la revista más nueva de todas.

Me enteré que se separan los Beatles.

Una señora obesa con cara de “a mi no me duele nada y vos estás asustado” no me sacaba los ojos de encima.

Cambié por otra revista y leí que un ciclista italiano de 32 años murió al sufrir una crisis cardiaca tras una visita al dentista. El artículo decía que al parecer la anestesia le produjo una asfixia por reacción alérgica.

En la parada del ómnibus me encontré con mi mujer.

Le expliqué lo del ciclista y me metió a los empujones otra vez a la sala de espera.

Me pareció que la señora gorda se sonreía con las rodillas.

Cuando le fui a leer a mi mujer la noticia del ciclista empezó a sonar el torno.

No hay sonido peor. Ni la tiza contra el pizarrón, ni la gillette contra el vidrio, ni la sirena de una ambulancia que pasa rumbo a tu casa, nada se compara al sonido del torno. Es más… yo no lo escucho con las orejas, lo escucho con mis propios dientes.

¡Te lo juro Mariela!!! Ese ruido me entra por la boca, se me mete en la muela careada y después llega por dentro al oído, de ahí a mi corazón y mi corazón le dice a mis pies que corran. ¡Por eso estoy otra vez en la parada del omnibus! ¡No fueron mis piernas, fueron mis muelas Mariela! -le expliqué mientras me metía otra vez a la sala de espera.

Miré a la gorda podrida con la secreta esperanza de que se riera, para poder golpearla y que me llevaran detenido por 24 horas. La idea era que me largaran el domingo cuando el consultorio estuviera cerrado.

Alcancé a notar que la chancha deforme se rió con el riñón derecho.

Cuando me paré para golpearla escuché una voz conocida.

-Buen día Fleitas. Pase por acá por favor, es su turno- dijo la estúpida de la secretaria con voz de sicóloga arrepentida.

Mi mujer se quedó en la sala de espera.

Una morocha de túnica blanca me puso una especie de babero y me dijo que ya me atenderían.

De reojo alcancé a ver una puerta que parecía que daba hacia algún patio interior.

Escuché el torno del consultorio de al lado y me pareció oír un grito.

La puerta no daba hacia un patio interior.

En la parada del ómnibus me encontré con mi mujer.

Le dije a la morocha que había ido al baño.

-¡Fleitas, qué gusto verte!!- dijo el asesino apenas entró- A ver…abrí la boca por favor.

Empezó a mirar para adentro y a hacer caras raras y cada tanto largaba un “¡¡Ahá!!” La morocha apareció con una bandeja, el asesino me puso algodones entre los dientes y los labios y me preguntó:

-¿Y cómo va el negocio, Fleitas? Mejoró un poco, ¿no?

-Fshué ul inmiengo foshigo- le contesté intentando decirle que fue un invierno jodido. No sé porqué primero me llena la boca de cosas y después me hace preguntas.

-Che Fleitas ¿Siempre estás en el mismo lugar, no?

-Sfhjiii- le contesté y alcance a ver que el homicida extraía de entre sus ropas una inyección del tamaño de una alpargata. ¿No me irá a clavar esa barbaridad?

-Esto no te va a doler, te va a molestar un poquito pero se te pasa enseguida. ¿Cómo viene la temporada?

-¿Ca quenpodada? ¿Ve vas a clanvad una abufa fibante y me brebunpás pod da quenpodada? ¡Brimimal bon bítulo!

-Fleitas

-¿Qubé?

-Que algunas cosas se te entienden- me contestó, me metió la aguja y dejó que corriera un líquido parecido a medio kilo de dulce de leche. Se fue y me dejó solo.

Aproveché para mirar de reojo los aparatos y las luces y empecé a sentir que perdía la boca y el paladar. Dejé de sentir a mi lengua y a mi encía. Me parecía que mi boca estaba en el techo junto a la lamparilla, que se estiraba como una plasticina y me la pisaba la morocha. Que la oreja derecha era una gelatina violeta que se enredaba con mi campanilla y la lengua se hinchaba como un enorme sapo. Algo estaba claro: no sé que me inyectó, pero la boca ya no era mía, era como un globo de cumpleaños con forma de pescado muerto que me apretaba las encías. Intenté salir corriendo pero mi boca pesaba demasiado. Me quise tocar la cara con la mano para saber si todavía estaba allí y apareció el maldito asesino vestido de blanco. Se puso guantes de goma como para no dejar huellas y la cómplice me colocó en la boca -como si fuera una percha- un aparato chupador.

Le metí la lengua en el agujerito para que se tapara y noté que cambiaba el ruido. La tapaba y la sacaba, una y otra vez.

-¿Estás jugando con la lengüita Fleitas? O sea que ya está pronto- dijo el sádico de la túnica blanca.

Me pareció que se le saltaban los ojos y que los colmillos se le estiraban. Metió su mano derecha en mi boca tomando mis dientes inferiores y la izquierda tomando los superiores y empezó a cinchar para abrirla al máximo.

-Fe buebe bomper!! ¡Fe be buebe bomper la bopa!- dije como pude.

Creo que me puso un palo para que no pudiera cerrarla. Después empezó a escarbar con un gancho de metal y a picar adentro con una maceta. Agarró un destornillador y una pico de loro. Enseguida manoteó una moladora y una llave inglesa. No estoy seguro si eran esas herramientas, pero yo sentí que sí. Al costado, abajo, a la derecha, me pareció ver una carretilla , una hormigonera y un martillo neumático. Creo que apoyó la rodilla en mi pecho y que llamó a la morocha, a mi mujer y a la gorda para que lo ayudaran a tirar. Dice mi mujer que ella no vio que nadie entrara al consultorio y que no es cierto lo de las herramientas y la rodilla en el pecho. Puede ser. Puede ser que yo exagere un poco, pero lo que sí es cierto es que me sacó los algodones, el chupa baba y me preguntó si quería escupir y si me sentía bien.

-Ssshchi- le contesté tratando de no morderme la lengua.

-¿Podés el venir el martes que viene, Fleitas?

-¿El manzques te bienñe?- pregunté con la boca trasformada en un matambre casero- ¿Bod qué no fe vas a da buca mabfre que te badió?- le pregunté mientras pensaba en tomar clases para hablar con alguna otra parte del cuerpo antes del martes.

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