HAY ALGO DEBAJO DE MI CAMA

En el Día del Abuelo en mi país, comparto un cuentito para mis nietos Mateo, Gerónimo y Pilar, con la secreta esperanza de preservar y fortalecer ese espacio de encuentro entre niet@s y abuel@s (llámese como se le llame).

HAY ALGO DEBAJO DE MI CAMA

Al principio pensé que había quedado la tele prendida.
Pero no.
Estaba apagada.
Hace días que me pasa lo mismo.
Es decir…hace noches que escucho ese ruidito y no consigo darme cuenta desde donde llega.

El tema es así: después de acostarme, me parece escuchar un ruidito que viene de abajo de mi cama.
Es un ruidito finito, finito como el chillido de una puerta.
Es un ruidito chiquito, chiquito como una estrella en el cielo.
Es un ruidito raro, raro como la voz de un dibujito animado.
Es un ruidito largo, largo como una carretera interminable.

Solo aparece cuando apago el televisor y mis padres se duermen.
El ruidito empieza muy tímidamente pero al rato es imposible dejar de oírlo.
Por momentos hasta me parece escuchar pequeños pasitos cerca de la mesa de luz.

El otro día me animé y le pregunté a mi amigo Mateo (que sabe más que yo) si a él le había pasado alguna vez.

Puso cara de preocupación, arrugó la frente y agarrándose el dedo de señalar me dijo:
-Uno: Puede ser un celular que se está quedando sin batería -, y yo le dije:
-¡¡Nooo!! No Mateo, no puede ser, porque el ruido que yo siento es finito finito.
Creo que no me entendió porque enseguida se agarró el dedo más grande y moviéndolo me dijo:
-Dos: Pueden ser ratoncitos trayendo dientes.-
–¡¡Nooo!! No Mateo, no puedo creer que haya ratones esperando que se caiga un diente, además el ruido que yo escucho es chiquito como una estrella en el cielo- le contesté.
Otra vez puso cara de no entenderme y levantando el dedo en que mamá usa el anillo dijo:
-Tres: Pueden ser los Reyes Magos que…-
-“¡¡Nooo!! No Mateo, no!!-
Y levantando ahora mis dedos le dije:
– Uno: porque estamos en mayo.
–Dos: porque los Reyes Magos no caben debajo de mi cama y
–Tres: porque el ruido que yo siento es raro y largo.

A la noche, mientras pensaba en hablar con papá y contarle lo del ruidito, el sueño empezó a llegar lentamente.
Mi cuarto no queda del todo oscuro aunque se apague todo.
Desde afuera entra un poquito de luz que me deja ver las formas de las cosas. Alcanzo a ver la pantalla de mi lámpara, las cabezas de los peluches (sobre todo la del oso grande), el respaldo de la silla, mi mochila y hasta puedo imaginarme caras y animales en las cortinas de mi ventana.

Yo siempre fui un poquito miedoso.
No sé muy bien a qué le tengo miedo, lo que sí sé es que no me gustan las películas de terror ni la oscuridad.
No me gustan los monstruos, ni los zombis, ni los fantasmas.

Pero a este ruidito nunca le tuve miedo.
Ha de ser porque no es un ruido feo… es simplemente un ruido finito, chiquito, raro y largo.

Al día siguiente fuimos con Mateo a hablar con Candelaria.

-Sí. A mí me ha pasado muchas veces- nos dijo Candelaria. Es un celular que se está quedando sin…
-¡¡Nooo!! – gritamos a dúo con Mateo,- te dijimos que el ruido es chiquito y finito.-

-¡Un MP3!¡Es un MP3 que quedó prendido!-contestó Candelaria, y no había terminado de hablar cuando nuestros gritos la volvieron a interrumpir:
-¡¡No, Cande, no!! Te dijimos que el ruido es finito.

Cuando nos quiso explicar que podía ser un ratoncito, tuvimos que decirle que los ratoncitos no hacen ruidos raros y largos como una carretera interminable.

El ruido siguió apareciendo noche a noche, pero nunca me animé a mirar para abajo de la cama… hasta que por fin se me ocurrió una estupenda idea: Invitar a Mateo y a Candelaria a dormir en casa.

Esa noche miramos poca tele, cenamos temprano, nos lavamos los dientes y nos acostamos enseguida.
Al apagar la portátil, empezó a entrar por debajo de la puerta el ruido y la luz que venía del comedor.
Eran papá y mamá que seguían mirando una película.

Hicimos lo imposible para no dormirnos y mantenernos calladitos.

Cuando se apagó la luz que venía del comedor, aparecieron las formas de animales en las cortinas y en las paredes. Y apareció la silla y la mochila, y ahora las mochilas de Mateo y de Candelaria, y cuando estaba a punto de quedar dormido alcancé a escuchar el ruidito finito y chiquito. Esta vez no tan chiquito.

Le toqué el brazo a Mateo y Mateo llamó a Cande.

Los tres colgamos nuestras cabezas hacia el piso tratando de mirar debajo de mi cama.

Candelaria prendió su linterna.
Apuntó primero a mi cara, después a la de Mateo y finalmente al piso.

Lo que vimos nos dejó sin habla.
¡No lo podíamos creer!!
Mateo cerró los ojos muy fuerte para no seguir mirando.
Yo estuve a punto de gritar.
A Cande se le cayó la linterna.
Los tres quedamos paralizados.

En un rincón –asustada-una tirarera trataba de esconderse en alguna parte.

Mateo quiso sacarla con un zapato, Candelaria trajo una escoba. Yo no sabía qué hacer, la tirarera tampoco salía de su asombro.
Tanto tiempo estuvimos mirándonos los cuatro, que llegó la mañana y el despertador de papá empezó a sonar.
A las corridas cada uno se fue a su cama y nos hicimos los dormidos hasta que mamá nos llamó para ir a la escuela.
Después de desayunar volvimos al dormitorio por las mochilas y aprovechamos para mirar una vez más para abajo de la cama: allí seguía la tirarera, asustada y contenta.

En clase no hicimos otra cosa que recordarla.
Durante el recreo pensamos en hablarlo con algún mayor, pero enseguida nos dimos cuenta que nadie nos creería.
Cuando volví a casa, mamá estaba a punto de barrer debajo de la cama.
Para mi sorpresa no solo barrió, sino que además juntó la linterna, dos bolitas, una media…y no vio absolutamente nada.

A la tardecita fuimos al cumpleaños de Paz, allí resolvimos conversarlo entre varios compañeros.
Reunidos en el patio, bajo un gran pino, miré a todos, uno por uno y lo dije lo más rápido que pude: “-Encasahayunatirarera!!”
Lo dije rapidito, casi sin respirar, y mis amigos se parecían a esas fichitas de dominó que una a una se van golpeando y van cayendo.
Pilar solo alcanzó a repetir una y otra vez:-¿UNA TIRARERA?…es imposible, eso es imposible!!-
Ema se dejó caer al suelo aplastando las margaritas de Paz, se agarró la cabeza con las dos manos mientras repetía una y otra vez: –“¡No puede ser, no puede ser!!”
Josefina abrió los ojos hasta que no le dieron mas, a Bruno se le dibujó una sonrisa y movió la cabeza para uno y otro lado.
Cuando pasó el primer momento de asombro Juan Ignacio pidió que guardaran bien el secreto:
-Esto no lo puede saber nadie; si alguien se entera que Gerónimo tiene una tirarera en su casa, seguramente vendrán los diarios y la televisión y se la llevarán.-

-Yo quiero ir a verla- dijo Delfina.
-Yo quiero tocarla- agregó Guido
-Una tirarera!! ¡¡No puedo creerlo!! – repetía Pilar juntando sus manos como para rezar.

De a uno fuimos hablando con algunos mayores; la mamá de Román fue muy clara:
–Las tirareras no-e-xis-ten!!- Lo dijo así, cortadito, bien fuerte y bien clarito.
-No e-xis-ten!!.- y se enganchó con la computadora.
El papá de Marina nos miró con cara de asombro, se sacó los lentes y nos preguntó:
-¿Una Tirarera? ¿En la casa de Gerónimo? ¿No estarán mirando mucha televisión?- después, se volvió a colocar los lentes y siguió mirando televisión.

La maestra fue mucho más dura:
-No les voy a prohibir hablar de este disparate en clase. Eso sí, les aviso, que si insisten con el tema, tendré que decírselo a la directora y haré venir a sus padres. Abran los cuadernos que vamos a dividir entre dos cifras.

El carnicero casi se desmaya, la cara se le puso roja, dijo “ti-ti-ti-ti-tirarera??!!”-, se fue para la parte de atrás y no volvió hasta que nos fuimos.

Cuando regresé a casa me costó mucho entender que mamá no la hubiera encontrado; ordenó mi cuarto nuevamente, esta vez cambió los muebles de lugar…pero no la vio. Sin embargo cada vez que nosotros nos asomamos, allí está, mirándonos con cara de “yo tampoco puedo creer lo que veo”-

Cuando pensaba eso recordé una frase que leí una vez en un libro: “Solo un abuelo es capaz de esconder un secreto o una tirarera”.
Y allá fuimos todos a hablar con el abuelo de Javier.
Cuando le contamos que en casa teníamos una tirarera, le brillaron los ojos, se acomodó la garganta como para hablar, y sin decir ni una sola palabra, agarró su bastón y fue a buscar una caja de cuero.
La caja tenía una cerradura que parecía muy fuerte, la abrió y sacó de adentro de la caja un baúl con tachas, lleno de polvo y cerrado con un candado más grande que el mismo baúl.
De otro cajoncito de madera sacó la llave del candado y adentro del baúl alcanzamos a ver un canasto pequeño de mimbre cerrado con llave.
De algún lugar consiguió otra llave y abrió el canasto de mimbre.
Adentro del canasto había una gran llave antigua y dorada.
Con ella abrió un cajón de una vieja biblioteca que tenía adentro un cofre de hierro.
De adentro del cofre sacó un libro muy viejito o muy gastado.

En la tapa alcanzamos a ver el dibujo de una tirarera y un título que decía
“Unos por llegar temprano y otros por quedarnos más tiempo”

Nos miramos todos sin entender nada.
El abuelo nos dijo algo así como: “Ustedes que todavía no han llegado y nosotros que ya pasamos hace tiempo”.

No nos leyó el libro, pero nos dio permiso para leerlo nosotros, y como pudimos tratamos de recordar todo lo que leímos.
Javier anotó:
–Tanto tiempo has pasado hablando sin sentido, tanto tiempo escuchando coros de motores que no has conseguido oír el gemido triste de una tirarera pidiendo ayuda.

Gerónimo anotó:
–Tanto has corrido atrás de los metales, tanto te han encandilado algunos brillos que has pasado demasiado rápido como para verla allí, sentadita en la raíz de un árbol.

Pilar escribió en una libretita: –
-Tanto has tocado muros, alambres, rejas, castillos y fortalezas que tus manos ya no pueden sentir la piel suave de una tirarera”-

Cuando nos íbamos el abuelo nos dijo:

Ellos –los del medio- no las ven porque están muy ocupados mirándose al espejo, hablando por celular y comprando todo lo que les ofrecen.
Los adolescentes y los adultos no pueden ver las tirareras porque están ocupados revisando su correo, lavando sus autos y mostrando sus pertenencias.
No las pueden escuchar porque las bocinas, las alarmas y los caños de escape tapan sus canciones.

Ven atardeceres en películas, hacen deportes en computadoras y observan la lluvia por televisión.

Están tan ocupados que no ven ni una rayuela en el piso, ni los arcoíris después de la lluvia, ni al hornero que acaba de salir de su casa en construcción por cuarta vez en la mañana.

Están tan ocupados que no consiguen escuchar el paso redoblado de un ciempiés, ni la lluvia de verano golpeando contra los vidrios, ni el crepitar del fuego en la estufa recién prendida.

No consiguen darse cuenta que las madreselvas y los jazmines se están peleando entre ellos para sorprendernos con su aroma, no se dan cuenta cuando un perro les dice “gracias”, pasan frente al mar pero no lo ven, solo apuntan sus ojos hacia él, no reconocen el olor a tierra mojada que avisa que llega la lluvia.

Ellos no pueden ver las tirareras.
Pero ustedes no se preocupen…
Muchos, cuando recuperen el tiempo perdido, encontrarán las llaves de los candados y llamarán a sus nietos para compartir las tirareras.

Ustedes, mientras tanto…traten de no perderlas de vista.

Marciano Durán
Junio de 2011

CategoríasSin categoría

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *