Me compré un gimnasio portátil

Le explico señor… ¿Usted sabe lo que me trae complicaciones a mí?
El verano, señor.
En el resto me las arreglo bastante bien.
Le estoy hablando de mi cuerpo.
¿Sabe qué me pasa, señor?
Que de marzo para acá, la única persona que me ve con poca ropa es mi mujer, entonces me achancho porque no tengo que dar examen delante de nadie.
Pero se me viene el verano arriba.
Y hay que empezar a sacarse la ropita públicamente.
¿Me sigue, señor?
Hay que arrancar con los “strip tease” junto a la sombrilla sabiendo que siempre alguien mira para ver qué aparece cuando desaparece la remera.
Todo lo que estuve escondiendo durante un año entero lo tengo que mostrar en un solo día.
Por eso señor, el momento clave de esta época, el momento bisagra, el momento en que mi vida hace clic… es cuando me saco la ropa para ducharme.
Allí veo mi humanidad de cuerpo entero.
Allí estoy.
Parado frente a mí mismo.
¿Y qué descubro, señor?
Que me falta donde tiene que sobrar y me sobra donde no debe haber nada.
Mire… empiezo de abajo.
¿Los pies? …blancos, completamente blancos, como con talco. Dedos largos que no han visto el sol en todo un invierno y que parecen diez mejillones sin cáscara. Mire…me recuerdan a los dedos que asomaban desde adentro de las “skipis” en mi niñez.
¿Tobillos? Flacos, huesudos y sin gracia.
Las piernas apenas si se alcanzan a ver detrás de los pelos.
Las rodillas… dos grandes huevos de ñandú, pero verdosos.
A los cuádriceps, por más que los busco, no consigo encontrarlos por ningún lado, pienso que se me deben de haber caído el otro día cuando le pasaba Jane al techo.
Sigo subiendo… pero voy a puentear las partes que no tengo que mostrar en la playa.


Llego al sector más complicado y desagradable de mi cuerpo: el abdomen, aledaños y zonas de influencia.
Cuánto más lo miro más recuerdo el galponcito de guardar las cosas viejas.
Es como la despensa donde los objetos descansan un tiempo antes de dejárselos al basurero.
Es como la pieza donde amontonamos los cachivaches.
Es el placard que guarda porquerías y que nos cuidamos de que nunca lo vean las visitas, es… ¡Lo que tengo que mostrar el próximo verano cuando pasee mi figura por las doradas arenas!
Visto de frente mi abdomen me recordó a Piazzolla.
Al bandoneón de Piazzolla.
Musicalmente hablando es como si una especie de fuelle a medio abrir avanzara y cayera hacia la zona de la orquesta donde está el órgano.
De cualquier manera no me impresioné mucho, porque al estar de frente pierdo la noción de profundidad.
Eso sí, si al nacer la partera hubiera tenido el mismo problema de ahora para encontrarme el ombligo, creo que nunca me hubieran despegado de mi madre.
Cuando giré y me puse de perfil tuve que alejarme del espejo para que entrara todo de una sola vez.
¿Qué he estado guardando todo este tiempo en la piecita?
¿Cómo pude distraerme guardando tantos casilleros de cerveza y tantas tiras de asado en el galponcito?
Para embarazo de seis meses me resultaba bastante caído, para hinchazón demasiado permanente y para músculo mal ubicado y poco consistente.
Respiré hondo, hundí la barriga y por unos segundos recuperé la figura que pretendía. En eso escuché a mi mujer.

–¿Por qué demorás tanto en el bañooooo? ¿Te pasó algo?–gritó la santa de mi esposa. Al largar el aire para contestarle me salió una especie de suspiro, jadeo y desinfle lentón.

–¿Qué estás haciendo ahí adentro que demorás tanto? –preguntó. –¿Te estás quejando? ¿Por qué te quejáááás? ¿Estás solo, no?

Todo lo que me sobraba en la barriga, señor, me faltaba en los brazos.
¡¿Cómo hice para distribuir tan mal mis interiores?!
¡¿Cómo no guardé ni un raviol para ponerme en los bíceps? ¿Una albóndiga? ¿Una miserable gelatina de manzana verde?
Algunas partes pasaban, pero había zonas que no tenían arreglo.
Lo más preocupante seguía siendo la parte del bandoneón, porque además de la zona frontal, un par de gaitas colgaban a mis costados.
No, así no puedo ir a la playa.
Y en vez de gastarme la plata haciendo el ridículo en un gimnasio, pensé en sacar en cuotas un aparato de esos que te hacen de todo.
Y ahí señor, tomé la decisión y me compré el gimnasio portátil con caminador, pesas, abdominales y todos los chiches.
El primer problema fue elegir un lugar donde colocarlo porque era un aparato bastante desproporcionado. Era como tener un pino de navidad todo el año.
Tres pinos de navidad.
Y el buey del pesebre.
Lo tuve que armar en el living comedor, junto a la puerta de entrada, porque además del espacio que ocupa se necesitan algunos metros alrededor, para los movimientos.
Ese día mi mujer había ido al supermercado, así que aproveché para que me lo armaran cuando no estaba. Molestaba algo para entrar porque era necesario agacharse y ponerse de costado para pasar por dentro de él e ingresar a la casa.
Cuando llegó mi mujer golpeó la puerta con el pie porque venía cargada de bolsas y no podía abrir. Abrí lo que pude, porque el aparato pegaba contra la puerta. La santa quedó algo atracada por las bolsas y después tuvo que ponerse en cuatro patas para poder entrar. Yo la cinché de este lado por un brazo y ella me cinchó de la bolsa de los huevos y de las papas.
Lo que dijo mi esposa respecto al aparato es un tema privado y familiar que a usted no le interesa señor. Lo que dijo de mi madre, de mi hermana, de mi cuñado y del coeficiente intelectual de nuestra familia no tiene por qué saberlo, señor.
Y nos quiso echar a los dos.
Al aparato y a mí.
Como vio que era imposible moverlo, por lo menos hasta que yo hiciera un poco de músculos y pudiera arrastrarlo, me permitió quedármelo.
Para no molestar mucho arreglé para usarlo cuando todos estuvieran durmiendo.
El primer día puse el despertador a las cuatro de la mañana.
Mi hija más chica, la que estudia en colegios privados gritó desde su dormitorio:

–¡Gordooooo! ¡Gordo barriga de aguavivaaa! Dejá dormir y andá a hacer abdominales a la repu…- y calculo que iba a decir “a la República Argentina”, que es donde la molestaría menos.
Enseguida se escuchó la voz de mi hijo varón al que también le pagué los mejores colegios:

-¡¡Cheeee, hinchado al medio, pamplona con tiradores, aflojale a la cazuela y dejá dormir a la gente normal! ¡Rulo roto!– o algo así

Cuando vi que mi mujer agarraba un florero de la mesa de luz, calculé que no estaba por cambiar las flores así que apagué la portátil y decidí seguir durmiendo.
El domingo quedé solo y aproveché a debutar con el aparato.
Si bien no conseguí levantar ni una sola pesa, por lo menos pude ver el manual y más o menos alcancé a entender cómo es que debería funcionar en caso de que el usuario no fuera yo.
A la semana siguiente sólo me le acerqué para pasar por dentro de él cuando iba al trabajo, lo que me agregó un movimiento interesante de cintura bastante parecido a un abdominal ¿Me sigue señor?
De a poco fui advirtiendo que ese aparato no había sido hecho pensando en mí.
Sigo sin poder levantar una sola pesa.
Yo veo en la tele como unos tipos desnudos y lustrosos usan el caminador. Veo que empiezan caminando y enseguida están corriendo a gran velocidad y transpiran mientras el pecho y el abdomen les brillan.
A mí me parece que al mío me lo vendieron frenado, porque no consigo que la cinta gire.
Busqué pero no pude encontrar el freno.
Resolví apoyarme con todo y correr con muchísima fuerza.
Me reventé la frente contra los fierros que cuelgan adelante.
Hay una pieza que es para levantar con los pies, pero mis pies apenas si pueden levantar el champión, señor.
Probé descalzo para ver si descontando el peso del calzado lo movía.
Nada, señor.
Al cabo de un mes me miré nuevamente de cuerpo entero al espejo.
La situación se había complicado aún más.
Ahora al mirar para abajo, el bandoneón no me permitía divisar al órgano.
El aparato empezó a molestarme a mí también e incluso dos veces me pareció que se reía cuando pasaba cerca de él.
Un día utilicé la parte de hacer brazos que se parece a una percha para colgar la camisa y la campera, otro día le saqué la cinta caminadora y se la regalé a mi cuñado que tiene un almacencito y que siempre quiso tener una cinta de esas para que le pasen los boniatos y las tangerinas como en lo supermercados.
Uno de los asientos me lo pidió mi hijo para la moto.
La cadena de las pesas se la llevó mi hija para atar la bicicleta y mi mujer empezó a colocar macetas en los asientos e incluso colgó unas enredaderas desde arriba que quedaron bastante bien.
Mire señor, estas tres cajas que le traigo son lo que me quedó del aparato adelgazador que usted tan gentilmente me vendió.
¿Se acuerda que cuando me lo vendió me entregó también un frasquito con vaselina para pasarle a los cromados?
Bueno…como yo no estoy usando el aparato y no tengo dónde ubicarlo, se lo vengo a devolver con una idea bastante precisa de dónde podría meterlo en caso de que tenga poco lugar.
Acá tiene la vaselina, señor.

Marciano Durán
Noviembre 2006

CategoríasSin categoría

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *