NO HACE TANTO TIEMPO QUE…

…cocinábamos en un primus.

¿Cómo te voy a explicar?

Un primus era como una cocina chiquita que se prendía con un fósforo.

No.

Era como una garrafita que… no, tampoco… ¿cómo te explico?… tenía tres patas ¿no?… un depósito… un depósito que siempre brillaba. Te lo juro, ni en la casa más humilde los primus dejaban de brillar.

Los hacíamos brillar a Brasso partido.

Pero por las dudas, empecemos por el principio: ¡Atenti! No te estoy diciendo que fuera más rápido, más limpio, ni más seguro que un microondas.

Es más… tampoco tenés que interpretar que te estoy diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, ni trato de venderte un tranvía.

Lo que te digo es que cuando me acuerdo del primus me viene como una cosquilla en la barriga.

Porque tu vinculación con el microondas comienza un segundo antes de empezar a cocinar y termina un segundo después del sonido de la campanita. En todo caso tu vinculación sigue un poco más si te quedan cuotas para pagar.

Con el primus la historia arrancaba cuando lo levantábamos y lo sacudíamos para saber cuanto combustible le quedaba.

–¡Está casi vacío mamá! Apenas se escucha un ruidito.

Precisábamos por lo menos media hora más porque teníamos que buscar la botella de vidrio que papá guardaba lejos de las otras botellas para evitar la confusión, la libreta, el trompo y las bolitas –por las dudas-, el bolso y recién después emprendíamos el largo viaje hasta el lejano almacén de la esquina.

A vos por ejemplo, nunca te vi yendo al Súper a comprar kilovatios para el microondas.

Camino al almacén era imposible saltearse la esquina donde los gurises jugaban un picado. Así que el bolso quedaba esperando sin muchos nervios paradito atrás de un arc… de un árbol, a resguardo de algún patadura.

Un tiro libre, una atajada, un pase de gol y al almacén, donde Don Luis nos preguntaba por mamá, por papá, por el abuelo que hacía seis días que no veía y nos recordaba los dos goles de Spencer del domingo.

–Dos-go-la-zos—decía, como si Solé se los hubiera mostrado por televisión, y nos cargaba de cuentos, de saludos y de querosene que sacaba de un tanque con canilla.

Se limpiaba con una estopa, un trapo, un papel de astraza (en ese orden) y manoteaba un par de caramelos de los bollones de vidrio.

–¿De cuál querés la yapa?

–De los envueltos, Don Luis, de los que tienen papelitos.

A la vuelta perdíamos alguna bolita o hacíamos zumbar un trompo y llegábamos justo cuando mamá salía a ver qué pasaba que demorábamos tanto.

–Estaba lleno, mamá.

–¿Y por qué estás transpirando?

–Porque vine corriendo para no demorarme.

¡Y prenderlo! ¡Prender el primus! ¡Todo un ritual!

Ponerlo en el fogón después de cargarlo y descubrir que…

–Mamá, no encuentro los fósforos.

–Pedile a Doña Luisa; que si volvés al almacén cocino de tarde. Pará…llevale esta rosca, decile que la hice en el horno a leña.

Y otra conversación que generaba el primus.

–Doña Luisa, dice mamá si no le presta una caja de fósforos que se la devuelve más tarde.

–¿Cómo está tu hermano? ¿Se le pasó la fiebre? Llevale a tu madre esta manzanilla y para vos tengo una revista de Tarzán. Andá que te está llamando.

Después…ponerle alcohol con la alcuza y con cuidado, justo hasta el borde para que no se derramara ni una sola gota porque era peligroso que se prendiera fuego.

¡Qué extraño! No nos dejaban tocar nada que tuviera un cable pero nos mandaban a prender el primus.

Lo que todavía no consigo entender es cómo era que poníamos más alcohol del que cabía. Si mirábamos el nivel de líquido azul siempre parecía que estaba a punto de volcarse.

¡Prenderlo y esperar a que se consumiera!

Distraerse haciendo algo pero no mucho, como los malabaristas chinos de los circos que esperan hasta último momento que el plato deje de girar y justito, justito, cuando parece que se va a caer, cuando parece que se va a apagar…cerrar la válvula y darle bomba.

Teníamos un reloj interior que nos avisaba en qué momento teníamos que hacerlo.

Y le dábamos bomba.

¿Bomba? Tenías que … eeeh…te explico…con la mano izquierda lo sostenías para que no se moviera, con la derecha agarrabas la varilla de la bomba entre los dedos índice y mayor y lo impulsabas con el pulgar. Una, dos, tres veces hasta que la presión era suficiente para que roncara con fuerza y apareciera esa llama poderosa capaz de hacer un guiso calentando de afuera hacia adentro, que era la única manera de calentar las cosas en esos tiempos.

Al costado descansaba la caja de fósforos Victoria que abríamos tirando de una orejita de cartón, levantábamos una tapita y ahí aparecían los pequeños fósforos con polleras de papel encerado que hacíamos bailar cabeza con cabeza. Mi padre la convertiría después en la más masculina lima de uñas.

Junto a ella, como tres flaquísimos soldados, en un sobrecito de papel azul aguardaban alertas las agujas de lata, por si se tapaba algún oído.

Cada tanto había que darle bomba para que no se achicara la llama y cuando se terminaba de cocinar lo apagábamos en el patio abriéndole la válvula para que en la casa sólo quedara olor a comida.

–Si sobró algo de puchero voy por ahí– decía en broma el vecino del fondo cuando nos veía apagarlo. –¿Cómo te fue con el mapa que te ayudé a hacer?

–Me saqué un sote Don Julio.

–Nos sacamos un sote– decía el vecino y seguía regando las tomateras.

Sí… tal vez nos sobraba el tiempo y no sabíamos qué hacer con él.

Lo más probable es que hoy se cocine más limpio, más seguro y más rápido

Lo más probable es que hoy la vida sea más limpia, más segura y más rápida.

Pero… lo que te puedo asegurar es que entre el primus y el microondas había por lo menos tres conversaciones, un mapa, un par de goles, una revista de Tarzán, un fiado, una manzanilla, dos caramelos, una rosca casera y todo un barrio de diferencia.

…llamábamos por teléfono sin discar.

Bien…esta está brava de creer pero voy a hacer el esfuerzo de contarlo bien.

¿Me estás atendiendo?

Los teléfonos eran aparatos realmente extraños.

Resultaba muy difícil ser amigo de ellos.

Sí, ya sé, ahora hablan incluso los niños de 3 años.

Pero hace no tanto tiempo, hablar por teléfono era privilegio de unos pocos.

No sólo por lo caro, el tema es que la mayoría de las personas ni siquiera se animaban a comunicarse con semejante aparato.

En todo mi barrio -en 10 manzanas a la redonda- había un sólo teléfono, en la casa de Don Amigoni.

O sea que no había casi nadie a quien llamar.

La única manera de llamar al barrio, era salir de él.

La gente almorzaba, dormía la siesta y cenaba en total tranquilidad. Nadie los podía llamar y nadie llegaba de visita en esas horas sagradas.

Aquellos aparatos negros eran tan sencillos que sólo tenían una base con una manivela y un tubo.

¿Cómo discabas? ¡Aaah no! ¡No discabas! Le dabas manija y a una señora a la que llamábamos “operadora” le sonaba una chicharra en sus auriculares y nos decía:

–¿Número?

Sí, era una sola y a veces estaba atendiendo a otros, entonces nosotros le dábamos con la manivela tres vueltas hacia delante y una hacia atrás “si le das para atrás le saltan los tapones” nos decían como parte del folclore de aquellos años.

–¿Número?

–124, por favor.

–En lo de Hernández no hay nadie. Llevaron a Gustavito al médico a Montevideo.

–Entonces el 107.

–La estación de AFE. Te ahorro una llamada, recién me avisaron que viene con dos horas de atraso.

Y cuando nos comunicábamos con alguien, se te metía en el medio de la conversación y te decía:

–¿Hablando?

— Sí señorita, estamos hablando.

Por eso caminábamos tanto, porque era más sencillo, más barato, más reservado y más rápido que hablar por teléfono.

Para llamar a Montevideo, te daban la llamada para dos horas después y… Santiago… ¡Santiaguito!…. ¡¡¡Viejaaaa!!!! ¡Traeme una frazada!… ¡Se me durmió Santiaguito en el sillón! ¡Qué raro, dormirse cuando le estoy contando estos cuentos tan interesantes!

Marciano Durán

2006 Febrero

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