¡Suéltame 33! (Denuncia casi, casi en serio)

El 33 me persigue, me acosa y me hostiga.

Y de la mano del 33, me asedia el 51.

¿Por qué?

Porque osé meterme con ellos.

No es broma.

En lo que va del 2007 el 33 y el 51 me persiguen todo el tiempo.

Vamos por partes:

He escrito un libro llamado “EL CODIGO BLANES – La otra historia del Uruguay” en el que el número 33 es el eje de la trama. Junto al 33 el número 51 se presenta también como parte importante de esa historia.

Inocentemente descubrí la trascendencia de esos números en la vida de este país.

¿Cómo sucedió?

Sencillo: partí de la edad de Jesús y llegué al Juramento de los 33 Orientales.

De ahí, a darme cuenta que 33 es el grado máximo de la masonería fue sólo un saltito.

Con un poco más de información advertí que el número 33 en la Cruzada Libertadora, fue simplemente un capricho masónico de la época.

¿Qué es eso de elegir un número funcional a la masonería para definir a un grupo que terminó dándole el nombre a varias calles, monumentos, escuelas y hasta a un departamento de nuestro país?

¿Nuestra historia tomó caminos no previstos, a la luz de números usados arbitrariamente?

Parecería que sí.

Parecería que varias veces el 33 llegó para hacer guiñadas.

Sin ir más lejos y a manera de ejemplo: el otro día leí en un diario que la Gran Logia de la Masonería del Uruguay está llamando a un concurso de ensayos con motivo de celebrarse “los 200 años del natalicio del hermano José Garibaldi”.

Hagamos una pruebita.

Yo le voy a hacer una pregunta y le voy a demostrar que ya sé su respuesta.

¿De acuerdo?

Vamos.

Le doy tres datos:

a) La masonería hace un concurso.

b) Instituye un premio para el que gane.

c) El premio está establecido en pesos uruguayos.

Pregunta: ¿Cuántos pesos uruguayos cree usted que pagará la Masonería al que gane el concurso?

¿27.000 pesos?

¿48.000 pesos?

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LA NIEVE TE LA DEBO

Yo se que a veces me dejo influenciar por la televisión, lo reconozco, pero esta vez mi mujer está errada. ¡Es una desconfiada! No cree ni en lo que está mirando.
Yo no invento nada, digo lo que veo.
A lo sumo…digo lo que ven los periodistas.

–¡Ufa, otra vez los juguetes tirados por todos lados!– escuché que gritaba mi esposa desde el comedor- ¡Pilaaaar, Gerónimoooooo! A juntar lo que tiraron. Pilar si no vas a jugar más, guardá las muñecas. Gerónimo guarde las raquetas de tenis por favor, acostúmbrese a ordenar el cuarto.

–Yo guardo lo que saqué, las raquetas de tenis que las guarde papá- dijo el buchón de mi hijo.

–¿Tu padre jugando al tenis? ¡Diegooooooo! — gritó la mujer de mi vida. ¿Me querés decir desde cuando jugás al tenis, vos?

–Hola vieja, no, no estoy jugando. Dejámelas ahí, que acá traigo el alambre.

–¿El alambre?

–Sí– le dije mientras me colocaba las raquetas debajo de los pies y me las ataba con alambre. Mirá….ves… dejame agarrar de tu hombro….así….ahora les paso el alambre…ahá…por arriba…las ato biennnn…guardaaa… así… ¡mirá! Estoy casi pronto– le dije caminando como un pato.

–¿Para qué te ponés eso, Diego querido?

–¿Cómo para qué? ¡Me voy a la nieve!! Con esto puedo caminar sin hundirme en la nieve, lo vi en una película.

–Diego, mi amor, afuera no hay un miserable copito de nieve– contestó la aguafiestas.

–Ahora no hay, pero dijo la tele que dentro de un rato empieza a caer y… mirá, llevo esta zanahoria para hacer un muñeco en el jardín. De brazos le voy a poner dos ramitas y de boca un mate dado vuelta. Siempre quise hacer esto.

–¡No seas ridículo, Diego! Tus hijos te están mirando ¿Qué son esos algodones que te pusiste en las orejas?

–Son orejeras– le contesté sacándomelas para mostrárselas. Me las hice con dos pedazos de algodón y los auriculares del walkman. Está por llegar Raúl, quedamos que a las cuatro pasaba a buscarme para ir a esquiar.

–¡¡¡¿A esquiaaaaaar?!!! ¿Adonde van a esquiar?
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