TESTAMENTO DEL PRIMER TIEMPO

Les dejo el disfrute inigualable de correr seis kilómetros cada mañana, de cara al mar, de frente a la vida, de espaldas a nadie. Ese estupendo y único suceso cotidiano que permite estar solo, con uno mismo, sin mochilas ni bolsos, desprovisto de pesos, repasando la vida, proyectando los días.

Les dejo el sentido común a la hora de los primeros juicios. Está usado -es cierto- pero no se agota, crece con el uso, adquiere nuevas formas y permite caminar mejor entre la gente. (Igualmente no es conveniente usarlo en todas las ocasiones)

Les dejo la felicidad del momento, la diaria, la que solo se puede disfrutar cuando llegamos a reconocerla. Les dejo la posibilidad cierta de encontrar, ubicar, y disfrutar la felicidad en la lluvia sobre un techo de chapas, en el olor de la madreselva, en una mano apretada, en un mate compartido o en un cielo estrellado.

Les dejo la capacidad de valorar no solo lo que se hace, sino además lo que se evita. Ese momento mágico que pocos miden, que pocos cuantifican; esa posibilidad de darse cuenta qué fue lo que no pasó porque algo hicimos para evitarlo.

Les dejo mis miniconsumos, mi desconocimiento de marcas y modelos. Mi despreocupación porque me cambien el modelo cuando estaba a punto de llegar al que me querían vender. Les dejo mi ignorancia de no saber distinguir uno del otro. Les dejo mi consumo mínimo, selectivo e ignorante.

Les dejo el respeto a los espacios ajenos, la defensa de los míos , y el compromiso permanente de mi lucha y mi vigilia para que sean de todos los espacios de todos.

Les dejo el amor a mi tierra, a mi pueblo, a mi barrio, a mis raíces, a las cosas que marcaron mi crecimiento. No para que hagan uso de él, no para que quieran a mi barrio como yo lo quiero, sino para quieran al vuestro, a sus plazas, a sus patios, para que defiendan vuestra identidad.

Les dejo la seguridad absoluta que nada es para siempre, que todo se puede cambiar, que dependen de ustedes muchas mas cosas de las que se imaginan , que no siempre dos mas dos da cuatro, que el dos de la muestra a veces pierde y otras tantas veces los reyes poderosos son jaqueados por peones negros .

Les dejo el sentido de pertenencia a los lugares por los que transito, los que me albergan, los que me protegen y el reconocimiento a ellos, sea una escuela, una iglesia o un equipo de fútbol.

Les dejo el compromiso inquebrantable de no hacer zapping con la vida, de terminar los proyectos, de no pasear por todos un ratito, de no cambiar de rumbo permanentemente, de conseguir apegos suficientes para quedarnos un rato mas en cada lugar , sin superficialidades.

Les dejo el beneficio de la duda, la postura crítica ante lo que parezcan verdades absolutas, la certeza que hay cosas hermosas que existen aunque otros no la puedan ver y el anhelo de no creer en todo lo que se puede ver y tocar.

Les dejo la infatigable búsqueda de excusas para juntar a la familia grande alrededor de una mesa, con panes o sin ellos, con navidades o aniversarios, con domingos o sin pascuas.

Les dejo el compromiso ante la necesidad del prójimo, el compromiso real y efectivo de la mano al amigo, sin hacernos los distraídos, sin mirar para un costado, con el único cuidado de brindar un auxilio sincero, sin poses, sin las cargas de exigencias que ponen en riesgo el compromiso auténtico y natural.

Les dejo el amor renovado cada mañana a la misma mujer de los últimos 27 años.

Les dejo mis errores (todos) y defectos (muchos) con la secreta esperanza que no transiten por ellos, la humildad para reconocerlos y la fortaleza para corregirlos.

Les dejo la extraña capacidad de andar pariendo nietos cuando recién termina el primero de los dos tiempos de 45 que me propuse jugar.

Les dejo el televisor apagado con la expectativa que solo lo enciendan cuando haya algo mejor que un diálogo triste o un silencio alegre.

A cambio de lo que les dejo les pido (porque aun estoy a tiempo de cambiar, a pesar de testamentos prematuros):

La frescura cotidiana, el desenfado que no tengo, la rebeldía sin condiciones.

La naturalidad de vuestros pasos, esos que dan sin miedo al error, sin la angustia de un fracaso, sin culpas, esos que les permite equivocarse en la computadora o en el supermercado, sin el peso de consecuencias , esos que a mi me inmovilizan.

La crítica al orden establecido, la desconfianza en las instituciones sagradas, el desparpajo para juzgar a los solemnes, la falta de prejuicios a la hora de los juicios.

La mirada recelosa y dura a un Dios que se distrae.

La honestidad de los planteamientos ante quien sea, la entrega incondicional a los amigos, el futuro planificado solo para mañana, el desconocimiento de la hipocresía y la adolescencia duradera y perdurable…amen.

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