UN URUG… UN MARCIANO EN EUROPA (II)

Segundo de catorce capítulos de UN URUG… UN MARCIANO EN EUROPA incluído en el libro “La cuestión es darse maña”

Capítulo II
Madrid- Barcelona
Mi segundo vuelo

¡Me caigo y no me levanto! ¡Barajas! ¡Esto sí es un aeropuerto y no la porquería que tenemos en casa!
No podía creer lo que estaba viendo, las escaleras mecánicas se cruzaban y tenías que hacer combinación en ellas como si fueran ómnibus. Bajabas de una escalera y una cinta te llevaba un kilómetro para adelante sin mover los pies. De ahí a un ascensor, y del ascensor a un tren que corría por abajo del aeropuerto. De ahí a otra cinta de dos kilómetros, y de la cinta a otro tren sin conductor.
–¡Y nosotros le decimos aeropuerto a lo que tenemos en Carrasco, Mabel!
–Recién salimos, Pandolfi, aflójale con las comparaciones porque el viaje va a ser interminable. Es lo primero que vemos afuera de Uruguay y ya arrancaste con las comparaciones. Cada país tiene su aeropuerto ¿tá?- y me metió una pesada de aquellas.
Con el paso de los días y de las ciudades me daría cuenta de que tenía razón. No podía andar comparando la Torre de Pisa con la Torre del Vigía, el Coliseo con la Plaza de Toros de Colonia, el Arco de Triunfo con la Puerta de la Ciudadela, o los canales de Venecia con el canal cuatro o el doce. Cada cosa en cada lugar.
Yo sé lo que me pasó. Que me entró el agrande que le entra a algunos que pasan un año afuera, y cuando regresan todo les parece chiquito e insignificante. De cualquier manera el freno de mano me lo pusieron en la garganta, así que anoté en la misma libretita del avión “ojo: a la bruja le caen mal las comparaciones”.
Una hora después de cambiar de nivel, de sección, de plataforma, de sector y de pasajes, llegamos hasta el lugar donde cambiábamos de avión para tomar el que nos llevaría a Barcelona. Me acerqué a una oficina de información para no hacer cola al santo botón. Para romper el hielo se me ocurrió un buen chiste.
–¡Y sí, al final me fui a Barajas! Tenía poco, ¿vio?
–Pasan setenta y cinco mil personas por día por este aeropuerto- me dijo con acento gallego y mirándome fijo a los ojos- El cuarenta por ciento dice día tras día la misma estupidez. Hoy ya me lo dijeron diecisiete mil gilopollas antes que tú. ¿Tienes otra pregunta para hacer, o has venido hasta acá solo para que te deporten?
Y giré sobre los talones porque vi que la mano venía torcida. Le iba a decir que no se hiciera el sota, pero calculé que ahí me pasaban a la piecita. Preguntamos a otras personas sin mencionar el chiste de las barajas, porque calculé que esto iba a estar lleno de agentes de particular. Pensé mil veces en decirle a la bruja que aquello era un poquito más grande que Tres Cruces… y mil veces me arrepentí a tiempo. Cuando me imaginé a la Terminal de Tres Cruces recordé a mi patria querida.
–Vieja, no me vas a creer, pero empiezo a extrañar el viento de la rambla en la cara, el bullicio de la feria de Tristán Narvaja, el ruido que hacían las botellas de Conaprole, y el olor del frigorífico de Las Piedras. Mirá, vieja, extraño el veinticuatro de agosto. Empiezo a tener nostalgia de la Noche de la Nostalgia. ¿Te das cuenta? ¡Solo en el paisito puede pasar esto: tengo nostalgia de tener nostalgia!- mi mujer ni siquiera se molestó en contestarme. Se limitó a indicarme la puerta de embarque para tomar el avión que nos llevaba a la próxima ciudad.
El avión era más chico que el anterior. Incluso me resultó algo pequeño para lo que yo estoy acostumbrado. Apenas nos sentamos aparecieron las señoritas, a hacer en el pasillo el baile de Macarena. Miré a un tipo con cara de boliviano que anotaba en una libreta lo que las señoritas iban diciendo.
–No mires para atrás- le dije a mi mujer- Hay un tipo que anota todo lo que dicen- y me dormí por las dos o tres horas que duró el vuelo.
Al despertar el despiste era total. El despiste mío. No tenía ni idea de la hora. Ni la de España, la de Paso de los Toros, la de Kuala Lumpur, y mucho menos la del avión. Hasta donde pude entender salimos de Montevideo a las catorce horas, y pasamos toda la tarde y toda la noche viajando. O sea que serían las seis de la mañana. Pero como había diferencia horaria con la madre patria que nos parió, ahora de un saque eran las once de la matina.
No solo que no había dormido bien, sino que además me afanaron cinco horas. Mi cabeza se negaba a entender este asunto horario. Peor aún: mi cuerpo desconocía esta historia de viajes y relojes, y poco a poco empezaba a buscar cama.
–¿Quién me devuelve las cinco horas que me afanaron?
–Cuando volvamos las vamos a tener otra vez.
–¿Y si me muero en Europa?
–No te vas a morir, Pandolfi. Vinimos a pasear, no a morirnos.
–Pero me puedo morir. Es más, tengo la sensación que en las cinco horas que me robaron se me iba a ocurrir una idea buenísima que iba a cambiar nuestra vida ¡Podía haber cambiado el mundo con una buena idea! ¡Y me afanaron la posibilidad! Imaginate que en esas cinco horas yo me hubiera planteado… Por ejemplo: divorciarme. Imaginate que justo a las siete de la mañana, hora que no tuve el placer de vivir, decidía empezar a tocar la paira en una orquesta tropical. Imaginate que a las siete de la mañana se me ocurría cambiarme de sexo o poner un kiosco en Pirarajá. Imaginate que…
En ese momento me di cuenta de que estaba hablando con una señora japonesa, bastante más baja que mi mujer, que me miraba como pidiendo disculpas por no entender lo que le decía. Miré a lo lejos y alcancé a ver a Mabel parada frente a unas enormes cintas donde pasaban valijas.
¡Ése era nuestro primer desafío europeo! Escuchamos miles de anécdotas de personas a las que les perdieron las valijas, y tuvieron que esconderse atrás de las columnas y correr desnudos de baño en baño de los aeropuertos, hasta que les mandaron dinero para comprar ropa.
“¡Ahí está la clave del viaje!”, me había dicho mi tío antes de salir. “Tienes que estar muy despiertito en el momento que empiezan a pasar delante de ti. Pestañeas y se te escapan”. Resolví manotear todas las que se parecieran a las nuestras. Un amigo nos había aconsejado que le pusiéramos una cinta roja atada para poder identificarlas.
Había dos posibilidades: o le dijo lo mismo a todos los que iban en ese vuelo, o esa idea estaba más usada que la Ley de Lemas. ¡Todas las valijas que aparecían por la cinta sin fin, tenían una cinta roja! Así que descargué la casi totalidad del equipaje del avión, y al grito de “¡ésa es mía, infeliz!”, uno a uno me iban quitando las valijas de las manos, hasta que quedaron solamente dos girando sobre la cinta. La encontramos por descarte. Y como ya no estábamos en Barajas, me animé y lo dije.

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