UN URUG… UN MARCIANO EN EUROPA

Primero de catorce capítulos de UN URUG… UN MARCIANO EN EUROPA incluído en el libro “La cuestión es darse maña”

Capítulo I
Montevideo-Madrid
Volando por vez primera

Nunca imaginé que llegaría este día. Los nervios me hacían transpirar los dedos y parecía que la valija se me se me iba a escurrir de las manos. Había soñado mil veces que la valija se me abría en pleno aeropuerto y quedaba a la vista mi ropa interior y mis calcetines. Mi madre me advirtió desde chico que los calzoncillos son cosa privada.
Mi mujer apretaba la cartera con todas sus fuerzas, siguiendo los consejos que nos dieron unas amigas que viajaron antes que nosotros.
“¡Te van a querer robar, todos te van a querer robar!”, nos dijo una señora que viajó el año pasado a España. Así que yo me puse una especie de cinto con bolsillos por dentro de la ropa, donde acomodé los euros que habíamos comprado para el viaje. Coloqué algo de los pesos uruguayos que teníamos para la vuelta en los bolsillos con botones del pantalón, y otro poco en las medias, uno nunca sabe.
Mi mujer se metió los dólares en el sutién, las tarjetas de crédito en la bombacha, los euros de cinco en la cartera, los de veinte en el bolsillo de adentro de la valija, y los de cien en el estuche de los lentes. Porque nos van a querer robar.
–El ladrón va a tener que encontrar nueve escondites– le dije a mi mujer, sentado en el hall del aeropuerto de Carrasco.
–Diez– dijo la santa. Dentro de los “Siempre Libre” puse los billetes de cincuenta.
–¡Qué lo parió, Mabel, es el aeropuerto más grande que he pisado en mi vida!– dije mirando el techo y cambiando de tema.
–No te hagas el importante que nadie te está escuchando. Lo más parecido a aeropuerto que hemos visto es el campo de aviación de la Ruta 11 en Canelones.
Lo que siguió fue un interminable sellado: y “deme el papel” y “tome el pasaporte” y “¡por ahí nooo!” y “agarre la valija” y “tome este sello” y “¡cuando yo le aviseee!” y “firme acá” y “deme la cédula” y “colóquese ahí” y “todavía nooo”, que finalmente terminaron con nuestros cuerpos en una especie de túnel que nos llevó directo al avión.
¡El avióoon! ¡No te pueedo creeer! Era el primer avión de mi vida, así que me propuse disimular que nunca había subido a uno.
Paradita en la puerta, como huevo en la heladera, una azafata nos esperaba para darnos la bienvenida.
–“Gumorni, ¿jaguaryu?”– le dije, siguiendo las instrucciones de mi tía que una vez viajó a Europa.
Se ve que era de ésas que no manejan bien el inglés porque no entendió lo que le dije.
¡Uno a cero! ¡Arranqué ganando con el asunto del idioma! ¡Esto va a ser muy fácil!
Avancé por el pasillo tocando los asientos, los portaequipajes, y hasta me detuve extasiado frente a la puerta del baño. Caminaba mirando hacia el fondo del avión y sin bajar la cabeza iba tocando todo. Tocaba cada tapizado, cada posa brazo, cada respaldo, cada picaporte… ¿Picaporte? ¿Acá un picaporte?
–Largando– dijo el copiloto– Largando que estoy trabajando.
-¿Te sentís bien, viejo?- preguntó mi mujer que por suerte no se dio cuenta de lo que había pasado- ¿Necesitás algo?
–Ventanilla– le contesté– Buscá ventanilla.
Y corrí por el pasillo, como cuando era niño y subía al tren que iba a Rivera.
–Los pasajes están marcados, nos toca lo que nos toca– me gritó mi mujer desde atrás.
–¡No, Mabel, no! Como en la Onda, meté cuerpo, vieja, meté que allá hay una libre.
Y me senté junto a la ventanilla.
Lo increíble es que estos aviones modernos vienen con tres asientos pegados, por lo que un tipo se nos quedó metido en el del medio, como una especie de butifarra entre dos panes.
–¡Mabeeel! ¡La ventanilla no da ni para empezar!
–No te escucho, viejo, porque prendieron el motor.
–Señor, disculpe, ¿podría decirle a mi mujer que esta ventanilla es muy chica? Por favor, dígale que tengo que juntar cuatro ventanillas de éstas para hacer una como la del tren. Pregúntele, don, pregúntele si sabe cómo se abren. Estoy transpirando y todavía no hemos arrancado.
–No se abren, señor– me dijo más seco que inspector de tránsito.
–¿Pero usted le preguntó a ella, o desde aquí hasta España va a opinar por mi mujer?
–No, señor– me dijo– no le pregunté, pero le aseguro que las ventanillas de los aviones no se abren. Si se abrieran nos moriríamos todos por la presión.
–¿Qué presión? ¿Recién subimos y usted ya se está dejando presionar por las compañías de aviación? Dígale, por favor, a mi mujer que para entender lo de afuera hay que juntar cuatro ventanillas. ¿Trajo algún refuerzo?
–No, señor, no traje y le pediría que…
–Le pediría que no hable por mi esposa, señor. Pregúntele a ella si me trajo un refuerzo.
Finalmente, no sé por qué, el tipo invitó a mi mujer a cambiarse de asiento.
¡Pegadito a Mabel y con ventanilla para mí! Ahora sí. ¡Allá vamos, Europaaa!
No sé cuándo fue, pestañeé, algo me perdí y de golpe varias azafatas se pararon en el pasillo y, como si fuera un informativo para sordomudos, empezaron a hacer señas bastante extrañas.
–Atendé– le dije a mi mujer- Están explicando qué tenemos que hacer si nos vamos a pique. Si a los demás no les interesa… paciencia.
Como la mayoría seguía conversando y a mí me dio vergüenza ajena que las mujeres hablaran y nadie las atendiera, pegué el grito:
–¡Después no me pregunten! ¡El que no atienda, después que no pregunteee!
–¿Por qué no te callás?– me dijo un veterano de gabardina gricesita que estaba sentado adelante.
–Porque vos vas a ser el primero que va a venir con el cantito: “¿De dónde se tiraba la piolita para inflar esto?”, y yo voy a dejar que te hundas por atrevido. Siga, señorita, siga y disculpe- dije girando la cabeza hacia la azafata. Nunca falta un desubicado. Por suerte, por el acento no era uruguayo.
La chica siguió explicando lo de la mascarilla de oxígeno, pero yo me distraje mirándole las piernas y tuve que pedirle que repitiera.
–Señorita, ¿puede explicar de nuevo lo de la bolsita? Estoy anotando y no me da la velocidad para escribir.
–¡Sentate, ridículo!– me gritó desde el fondo uno con acento porteño.
–¡Ojalá nos vayamos a pique y vengas a pedirme para leer la libreta, vivo!– y para no tener problemas para entrar a España resolví quedarme callado y sentado.
El avión empezó a moverse. No podía creer la velocidad que iba tomando en la pista. ¡Ochenta kilómetros por hora! Por lo menos.
La mesita para adelante como me pidió la señorita, el asiento bien derecho, el celular apagado, los ojos que parecía que se me iban a salir de la cara, y el cinturón apretadito. Apretadito tenía todo. Incluso por unos segundos se me vino a la mente una varilla de ocho.
El avión carreteó y yo empecé a sacar fotos de todo lo que se movía.
Me abracé a mi mujer porque la emoción me superaba. Cuando noté que nos empezábamos a inclinar manoteé la libreta donde tenía anotado todo lo que dijo la señorita.
–¡Volamooos! ¡Estamos volandooo! ¡Mireeen, estamos en el aireee!
Empecé a ver las casitas, las canchas de fútbol, Carrasco, las piscinas, la playa, el mar.
–¡Uruguay nomá! ¡Uruguay que no ni no!– fue lo único que se me ocurrió gritar por la emoción.
–Achicá un cacho que falta una eternidad- me dijo el flaco con voz de porteño.
Lo ignoré y volví a mirar por la ventanilla, a ver si conseguía comprobar la forma de corazón que dicen que tiene el paisito. Nada. Miré y miré. Nada.
–Forma de chicharrón– le dije a mi mujer.
–¿Que qué?— me contestó preguntando.
–Nada– le dije y me callé la boca porque empezábamos a atravesar las nubes.
Me emocioné de verdad, le agarré la mano y casi se me caen las lágrimas. ¡Estábamos en el medio de las nubes! ¡Cómo en las películas!
Cuando terminamos de atravesarlas y quedamos arriba de ellas casi me pongo a llorar. Era como volar sobre un campo de algodón. Parecía que un lavarropas gigante se había descompuesto y tiraba espuma para todos lados. Era un paisaje que no había visto en toda mi vida. Era mirar algo que conocía, pero desde un lugar inesperado. Era ver el cielo pero desde arriba. Era como mirar el cuerpo humano pero desde adentro. Una casa desde los enchufes o los árboles desde un perro. ¡Era increíble! Todo se veía distinto desde ahí. Parecía que podría bajarme cuando quisiera y caminar sobre las nubes. Esas nubes… ¿Esas nubes? ¿¡E-e-e-esas nubeees!?
–¿Esas nubes dejarán ver al piloto, vieja?
–¡Claaro!– dijo mi mujer, pero me contestó igual que me contestaba mi papá cuando yo era chico. “¿Verdad que no nos vamos a morir?”, le preguntaba a mi papá. “Claaro”, me decía él.
–Sonó igual que mi papá.
–No te entiendo, Pandolfi.
–No, nada. Estaba recordando. Señor, señor– le dije al tipo que estaba al lado de mi mujer– ¿El piloto puede ver bien con tanta nube?
–Tiene limpiaparabrisas y cada tanto tira un chorrito de agua en el vidrio. ¡Ojo! Prendió el señalero, seguro que va a doblar- me contestó, se sonrió levemente y recostó el asiento.
Cuando fui a contestarle sentí que empezaba a quedarme sordo. Algo raro estaba sucediendo en mi cabeza y en mis oídos. Fue como una explosión que hizo que dejara de escuchar. ¡Estoy sooordo! ¡No puedo creeer! ¡Justo ahora que estoy yendo a Europa me quedo sordo!
Al principio no me animé a decirle nada a mi mujer porque no estaba muy seguro de mi sordera. Veía cómo los demás movían sus labios, pero no conseguía escuchar nada. ¡Me quieero morir! ¡Justo hoy! Carraspeé sin que nadie se diera cuenta para ver si lograba escucharme a mí mismo. Nada. Otra vez. Nada de nada. Decidí toser fuerte. Nada. Tosí como atragantado. ¡No me oía!
Para estar seguro resolví decir algo.
–Hola, hola… Uno, dos… Probando… Probandooo.
Noté que mi mujer me hacía señas para que me callara, movía su boca pero yo no oía.
¡Confirmado!
–¡Me quedé soordo! ¡Viejaaa, me quedé sooordo!
Algo me dijo el tipo de al lado y al principio pensé que me estaba insultando una vez más, sin embargo pude ver que le daba un chicle a mi mujer. ¿Me la está cargando, aprovechando que yo me quedé sordo?
Mi mujer le sacó el papel y me lo puso en la boca.
–Dice el señor que hay que comer chicle, que la presión te hace tapar los oídos– dijo mi mujer, y yo respiré al tener cuatro sentidos otra vez. Tacto nunca tuve.
–Gracias, don y disculpe si le hablé mal. Lo que pasa- y esto lo dije bajito- es que éste es nuestro primer viaje en avión.
–No se nota, quédese tranquilo que no se nota– me dijo y se sonrió levemente otra vez.
–¿Pero se da cuenta? Media hora estuvieron estas “bolasquietas” explicando cosas, y no fueron capaces de explicar lo del chicle. ¿Dará para un juicio, señor?
Otra vez se sonrió por lo que no me quedó claro cuándo quería decir que sí y cuándo quería decir que no con la sonrisita.
Como vi que ya no subíamos más, le pedí a mi mujer que me alcanzara la matera. Cuando íbamos en repecho me dio miedo de errarle al mate y quemarme la parte ésa que queda justo abajo del termo. Pero ahora que estábamos nivelados me animé y lo preparé.
Miré por la ventanilla pero ya no se veía casi nada.
–¡Mirá, vieja, allá abajo! Los ríos parecen trocitos de hilos— le dije emocionado una vez más.
–Es un hilo pegado al vidrio, Pandolfi. Ponete los lentes que no te quedan tan mal.
Mate va, mate viene, el sueño empezó a llegar. Pero solo por partes. De estar tanto tiempo sin moverme se me empezaron a dormir los pies. Después sentí que el calambre subía y se me dormían las piernas. En eso estaba, durmiéndome en cómodas cuotas y sin entrega inicial, cuando llegó una azafata con tonito gallego que ofrecía diarios.
–Vanguardia, El País, El Mundo. Vanguardia, El País, El Mundo. Vang…
–Pedí El País, vieja, que ha de venir con El Gallito. ¡No, paráaa! No pidas nada. Para encontrar la plata me voy a tener que desnudar.
–Señorita, ¿le queda La República? ¿Cuánto sale?
–No sale, entra– me dijo y se rió levemente.
–No le entiendo.
–Que no sale, hombre. Que es un servicio, ¿vale?
–Sí. ¿Cuánto vale?
–¡Que no! ¡Que es gratis!
Agarré El País. Lo agarré desconfiando. ¿Estos pintas regalándote algo? Mi mujer quiso pedir otro más y yo le pellizqué un brazo. Seguro que los van a querer cobrar al llegar.
El título de El País decía: “LA REINA VISITA FRANCIA” y ésa era una buena noticia.
–Estamos unos días en España y después nos vamos a París– le dije entusiasmado a mi mujer. Por ahí agarramos también a Araca o La Catalina que salían de gira. ¿Te imaginás a Morgade en El Louvre? ¿Te imaginás a…
–Es El País de España, mi amor– me dijo mi mujer que a veces parece que hubiera viajado más que yo– Los diarios que dan son de España.
El tiempo empezó a pasar lento. Muy lento. Le leí la tapa, la contratapa, el crucigrama, los suplementos de plantación de olivos, las defunciones de Valencia, la Divisional C del Campeonato de Bochas de Zaragoza, el discurso de un diputado vasco suplente sobre la importación de parapentes, las licitaciones del municipio de Tenerife y las corridas de toros de Pamplona.
Como vi que lo único que no se me dormía era la cabeza y calculé que ya llevábamos un par de días de viaje, le propuse a mi mujer ir a dar una vuelta por el avión y vichar por las ventanillas de adelante a ver si ya se veía España. Solamente los que han hecho triatlón me van a entender. Cuando bajás de la bicicleta después de veinte kilómetros y te disponés a correr, en ese momento las piernas se transforman en dos piolines. Bueno, eso me pasó.
Por suerte había hecho las paces con “Sonrisal”, porque cuando quise pararme las rodillas me funcionaron al revés. Fue como si se hubieran doblado, pero quebrando hacia atrás, y caí sobre el tipo que esta vez no se rió.
Caminé por el pasillo y llegué al baño. Tranqué la puerta. No me animé a descargar absolutamente nada. Por un lado me preocupaba que lo que yo iba a hacer cayera en la cabeza de alguien, y por otro lado recordé lo de la presión y toda la historia que me explicó Sonrisal. Me imaginé tirando la cisterna, y al avión yéndose por ese agujero como una especie de media que se da vuelta. Dos veces estuve tentado en tirar la cisterna y vichar por el agujero del wáter.
Seguro que ya vería la torre de algo, o el castillo de no sé qué.
Volví al asiento y por sugerencia de una doña que me encontré en el pasillo, me senté y me saqué los zapatos para que no se me hincharan los pies. Las partes que yo tenía hinchadas no estaban en esa punta de las piernas. Las partes que tenía hinchadas no podía descubrirlas sin ir en cana, o sin que me mandaran a la cabina con el piloto, así que resolví mirar por la ventanilla para saber si ya se veía Toledo o Madrid.
Al que venía adelante mío le veía el naso que se le repetía al revés en el vidrio de la ventanilla, y se formaba una especie de diábolo.
–¿Se ve algún castillo, don? – le pregunté lo más respetuoso posible.
–Sí, Juan Castillo jugando en el Botafogo.
–No le entiendo.
–Que el único castillo que puede ver acá es el golero, porque ni siquiera hemos llegado a Río de Janeiro.
–¡Rí-Rí-Rí-Río de Janeiro? ¿Cóomo Río de Janeiro?
–Sí– me dijo el tipo, faltan unas cuantas paradas para llegar a España.
Al rato pasó una de las azafatas y nos dejó unos auriculares en la falda.
–No comprés, vieja, andá a saber a cuánto te lo cobran a bordo. En todo caso compramos al llegar. ¡Nooo, ni los toqués, que te los cobran! Dejalos que ahora los retiran, como las estampitas en el ómnibus.
Y ahí empecé a desconfiar de mi mujer. Para mí que ella viajó antes de conocerme. Me explicó que eran prestados, no los cobraban y había que enchufarlos en el posa brazo.
–A veces me sorprendés, Mabel! ¿Y qué se escucha desde ahí? ¿Los ronquidos del que va adelante? No había terminado de preguntar eso cuando desde el techo bajaron una televisión con una película y había que escucharla de ahí. Dos horas después, cuando terminó la película, apareció una leyenda que decía que sobrevolábamos ¡San Paaablo! ¿Cóoomo San Pablo? Pe-pe-pero si Darío Pereyra cuando jugaba en el San Pablo iba dos veces por día a practicar. ¿Cómo que recién estamos en San Pablo?
–¡Señoritaa! ¡Señorita, estamos volando en círculo! ¿Cómo que San Pablo? ¿Tengo dormida hasta la Trompa de Falopio y recién estamos en San Pablo?
La pantallita decía que llevábamos 1743 kilómetros, que viajábamos a 545 kilómetros por hora y que afuera había 44 grados bajo cero. Resolví tranquilizarme. Ta bravo pa que te bajen por gritar.
Cuando iba a pedir para hablar con el comandante apareció una de las azafatas trayendo la cena… digo la merienda… Eeeh, sería el desayuno… “¡A la miércoles! ¿Qué diablos vamos a comer? ¿Será el almuerzo?”, pensé.
–¿Qué hora es?– le pegunté a mi mujer.
–Depende—me contestó.
–¿Cómo depende? A las cuatro son las cuatro y a las ocho son las ocho.
–No, viejo— me dijo dándome clases otra vez- En Uruguay son las dieciocho pero en España son las veintitrés.
–¡Me quieren volver loco! ¿Cómo se calcula la hora en este avión? ¿Se suma y se divide entre dos? ¿Tengo que tener ganas de tomar un té, comer un huevo frito, una tostada, un guiso, o de lavarme los dientes? ¿Después de comer duermo toda la noche, o duermo una siestita?
–La señorita está esperando que agarres la bandeja, vamos comiendo y después vemos. Por ahora y hasta que lo sepamos estamos desayunalmuemeriecenando.
Fue en ese momento que me di cuenta de que lo que más tendría que cuidar en el viaje era a mi mujer. La tenía clarita. Apenas arrancamos y ya sabía todo. Había que comer y ya está. Así que agarré una bandejita como la que le daban a los presos en las películas y la ubiqué en la mesita. Puré de papas en una cajita de plástico, treinta y siete arvejas en otra, dos pancitos, manteca, cerveza y un flancito. Hice como que comía y pedí otra cerveza para intentar dormir.
Otra más. Otra más. Otra más. La oscuridad era total.
Intenté mirar hacia afuera pero lo único que vi fue a un tipo igualito a mí que me miraba fijo desde el otro lado de la ventanilla. Puse las manos haciendo pantalla, pero no se veía ni el ala del avión. Así que decidí ofrecerle la ventanilla a mi mujer por si quería mirar para afuera un rato. Hasta ese momento la había tenido yo y nosotros en la pareja tenemos las cosas claras. Compartimos todo. Me dormí. ¡Y me desperté! ¡Apenas me dormí, llegamos!
Me paré rapidísimo para bajar y saludé a Sonrisal que me extendió muy amablemente la mano.
–¡Qué suerte que llegamos!– me dijo sonriendo una vez más
–Sí, estuvo larguísimo el viaje—le contesté.
–A mí se me fue volando.
–A mí se me hizo eterno– y bajé la voz para decirle- Era nuestro primer viaje. Estamos cumpliendo treinta años de casado y traje a la bruja para festejar.
–¿¡Treinta años!? ¡Qué lo tiró! Si a los treinta años la trajo a Europa, ¿a los cincuenta qué va a hacer?
–A los cincuenta la vengo a buscar– le contesté, y piqué hacia la puerta para bajar primero.

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