V Encuentro de Escrituras de Maldonado

Miren, no se imaginan ustedes mi alegría de estar acá y de estar ahora.
Ustedes no tienen porque saberlo, pero este Director de Cultura que les habla, estuvo ahí sentado hace un año interviniendo en el IV Encuentro de Escrituras (como escritor)
Están advertidos.
Saben ahora cual es el riesgo.
En esta parte del país, al sur de América del Sur y a pocos kilómetros de Montevideo, estas cosas suceden. Los escritores, o por lo menos aquellos que trabajamos con la palabra… corremos estos riesgos (felizmente)
Y me había acostumbrado a estar de ese lado del…del libro. A participar de encuentros de escritores, de lecturas, de presentaciones de libros, desde el texto y no desde el prólogo.
Hace unos años que disfruto de esos momentos. Quiso el destino, el Sr Intendente y los ciudadanos que tuviéramos que abandonar la palabra escrita (postergar la palabra escrita) y dedicarnos a organizar encuentros de escrituras y ferias de libros.
Seguramente más de uno de ustedes ha pasado por estas experiencias, pienso en Olga, pienso en Mario (por ejemplo) y saben de lo que hablo.
Así que tiene una especial significación para mi darles la bienvenida y dejar inaugurado este Quinto Encuentro de Escrituras. En mi nombre, en nombre del Sr Intendente, en nombre de todo el equipo de la Dirección de Cultura , especialmente de la Sub Directora Carmen Suarez, y de Luis Pereyra responsables directos de esta quijotada anual y para siempre.
Déjenme contarles una pequeña historia de mi niñez.
La recuerdo muy bien.
Es más, recordar mi niñez es un ejercicio que practico diariamente.
Antes de dormirme consigo regresar a los años chiquitos de mi infancia. Y en esos minutos que preceden al sueño llegan cataratas de recuerdos de aquel tiempo.
Y disfruto cada minuto.
Minutos que se vuelven cortazianos, porque cada uno de ellos tiene claramente centenares de segundos, miles de segundos. Y en esos recuerdos, retornan vivencias muy fuertes. Rescato imágenes, olores, sonidos, palabras.
Hace unos días venía a mi cabeza la cara y la voz de un viejo poeta, vasco y ferroviario que un día cuando yo andaba por los 5 años resolvió convertirse en mi abuelo.
Con él conversé mucho los primeros años de mi vida. Es decir con él escuche mucho los primeros años de mi vida. Sentados en la puerta de su casa o de la mía, arroyando las piernas para que los trenes no las pisaran, mi cabeza chica y con pelos se abría cada mañana para recibir la voz cascada y buena del viejo Jaurretche.
Y dentro de los miles de cuentos, poemas y canciones recuerdo muchas (que nunca pude comprobar si era ciertas) pero que valía la pena que lo fueran
Un día me contó de una tribu en no sé qué lugar del mundo (yo imaginaba el Africa Negra) una tribu que quitaba a sus visitas todo lo que traían, (incluyendo las ropas) y se las devolvían a manera de presente, de bienvenida, de regalo.
Esa tribu tenía un nombre que por supuesto no recuerdo, era algo así como los Buruk, o los Baruk. Siempre me llamó la atención eso de regalar lo ajeno, eso de darles de comer el mismo venado que la visita traía, eso de regalarles sus propios arcos y flechas, eso de entregarles a manera de presente el taparrabos que un rato antes traía puesto el que llegaba.

No lo entendía.
Hasta ayer.
Ayer me gustó para transformarme en un Buruk (o como se llamaran).
Y pensé que podía dar la bienvenida a esta tribu de escritores robándoles las armas que trajeron, tomando las palabras con las que llegaron.
Y como aquella tribu usar sus propias palabras para recibirlos, mezclando poemas o relatos de ustedes.
Seguro que algunos sonidos les resultarán conocidos.
Son parte de vuestra historia, la que nos marcan que en un rato, y más aun, en unas horas,
Estarán disfrutando de la noche prendida de silencio.
Pues, cuando mueren los televisores,
de las sombras nace la poesía .
Por eso los invito a que mañana se despierten cuando todavía esté oscuro, como si pudieran oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche.
¿Qué podrán decir en México, en Montevideo, en Buenos Aires
que no haya sido cantado en Maldonado en estos días?
Los invito de acá hasta el sábado a comprar boludeces en la gran feria marciana
de la peatonal.
Los invito al Uruguay, país del Capitán Tristeza
que ha nacido en Uruguay:
un país donde se empieza
contando lo que no hay.

Los invito a esta noche de martes en que llegan a la gran ciudad.
Los invito a una noche cualquiera de recuerdos,
para que publiquen vuestras novelas, al tibio amanecer
y se sientan en paz por no engañarnos.
Recuerden que el poema que escribimos un día
el otro nos decepciona.

Los invito a que se vayan de acá dejando rastros
…mucho más que una vereda mojada.

Los invito a Maldonado, para que como Montevideo se transforme (además) en esa puta triste a la que se vuelve siempre.

Los invito a ver la luz en el menguante de la luna.
Olvidando las calles grises, los manuales
para la risa, las confesiones, los engaños;
olvidando el conjuro de parar el tiempo
con una sola palabra sincera.

Los invito a las palabras, a las sinceras y a las otras. Los invito a defender la palabra en estas cinco jornadas.
La palabras lindas y las no tanto, si es que las palabras pueden ser lindas por si mismas.

Porque sabemos que mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.
Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.

Nadie mejor que cada uno de ustedes para saber que hay varias maneras de matar a un hombre:
con un tiro, de hambre, con espada o con la palabra envenenada.
No es necesaria la fuerza.
Basta con que la boca suelte
la frase engatillada
y el otro muere en la sintaxis de la emboscada.

Y si la palabra no fuera suficiente, compremos el (a veces imprescindible) Scania.
Son vuestras palabras desarmadas y vueltas a armar, entregadas como un Buruck.

Queridas/os trabajadores de la palabra,
Se está incendiando el lucero
Y candiles temblorosos
arden en cansancio y sueño.

Los invito a ir hacia él.
Palabra que sí.

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